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HAEVAED COLLEGE LIBRARY

CUBAN COLLECTION

BOUGMT FROM THE FUND FOR A

PROFESSORSHIP OF

latín AMERICAN HISTOBY

AND ECONOMICS

FROM THE UBRARY OF

JOSÉ AUGUSTO ESCOTO

OF MATANZAS. COBA

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MANUEL GARCÍA

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MANUEL GARCÍA

(EL REY DE LOS CAMPOS DE CUBA)

su VIDA Y SUS HECHOS

POR AI^VARO DB I^A IGI^ESIA

(1LC8TR.4C109ÍE8 DE L 8ÍKTA1ARINA)

LA COMERCIAL

IMPREHÍTA. papelería, ENCUADBRNACIOHí, RATAMS Y SELLOS DE 60IA

1895

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^ A »5^-\M' I

HARVARD COLLEGE LlBRARY

MAY 3 1917

LATIN-AMERICAN PROFESSORSHIP FUND.

«S'c prohibe tn reproducción de e»tft obra, propiedad dei autor.

Queda hecho ei depósito que marcti ía Lety.

Todoe tos ejemptares ran contra' señados.

« Un gobiertw que desmoraliza con su ejemplo^ forma él mismo los criminales que habrá de perseguir después.^*

Enriqus J. Varona, Artículos y Discursos. 1891.

^

O no recuerdo quien dijo, que Cuba era un pre- sidio suelto; pero quien quiera que haya sido, dejó dicha una verdad como un templo. En los larguísimos años que hace resido en este país, al cual considero el mío propio, no he presen- ciado otro espectáculo que el del despojo y no recuerdo otro bandolerismo más'feroz que el de los hombres honrados. Desde las esferas del poder hasta las más humildes de la actividad social, he contemplado un vasto hormiguero que sin más Dios que la fuerza ó la as- tucia, se dedica al robo en mayor ó menor escala y con más ó menos quiebras. En la edad gentílica, ya se hubie- ra elevado aquí, en medio de este pueblo, donde luchan heroicamente por la vida millares de infelices, una esta- tua á Caco y no á Mercurio, porque ésto sería un dios demasiado decente.

MANUEL GARCÍA

Dentro de los hipócritas convencionalismos sociales, esto que acabo de escribir dejándome llevar por una con- vicción íntima y sincera, puede afectar los negros carac- teres de una calumnia, pero cada uno de los lectores de este libro si reflexiona á solas, estoy seguro que acepta mi afirmación en toda su rudeza y asiente convencido á lo dicho. Ello no será obstáculo para que algunos espíritus á lo Tartufo, lancen su anatema contra el autor y pro- testen indignados contra una proposición que calificarán de absurda. Algo fuerte es lo expuesto pero. ... es justo. Yo lo confieso; conozco á muchos hombres honrados y entre ellos muy pocos ricos. ¡En cambio conozco á tantos ricos que jamás fueron hombres honrados!

De esto se deriva la poca importancia que he conce- dido siempre al bandolerismo cubano. Lo contrario de otros que conocemos todos, que se esfuerzan en acri- minar á los bandidos del monte, para persuadirnos de que fuera de él aquí todos somos unos caballeros. Y el bando- lerismo militante, no es más que una plaga temporal y fácil de extirpar si se pretende extirparla, en tanto que el otro, el bandolerismo manso, el de guante blanco, el que vive unas veces en los muelles, otras entre montañas de papel sellado, aquí á la vuelta dentro de pipas de vino artificial, más lejos chupando la sangre anémica del colo- no, hoy con cara de impuesto arbitrario, mañana con cuerpo de ejecutor de apremios, un día siendo inspector do amillaramientos, timbre ó subsidio, otro día proveedor del ejército ó envenenador del soldado, cerca comiéndose una suscripción patriótica, no tan cerca amontonando irre- gularidades bajo una administración municipal, ayer esta- fando al Estado en la Junta de la Deuda, anteayer robán- dose la caja de una Económica. ... ¿A qué seguir? Ante ese espantable brigandaje urbano, deshonra de una nación y descrédito de un sistema, ante ese presidio suelto que

su VIDA Y SUS HECHOS

hacía exclamar al Intendente Cancio Villamil, ep su in- forme al ministerio: los gobiernos han visto regresar d la Península á algunos funcionarios con fortunas superiores d las que legalmente podría esperarse y apesar de presumir los medios empleados para adquirirlas no se les ha ocurrido for- marles expediente de residencia y ellos y sus compañeros y el país han visto que lejos de eso, cuanto más ricos ^ más se les abrían las puertas del favor ^ y los ascensos y los honores pró- digamente concedidos venían á dar una sanción legal á su reprobada conducta^ (*) ante ese espectáculo repugnante, Manuel García es un modestísimo bandolero de la clase de hacendistas, que cobra sus contribuciones con mejores mo- dos que algunos servidores del pueblo ensoberbecidos, y tal vez con mayor espíritu de equidad; Matagás es un in- feliz cazador de jutías en la Ciénega de Zapata, el mulato Plasencia, Mirabal, Gallo Sosa, Escuela y consortes, están muy por debajo, con todos sus latrocinios, de cualquier ad- ministrador de rentas alzado y han causado menos vícti- mas que el menor de esos alquimistas, émulos de Elena Jégado, inventores en el siglo XIX del café pócima, del co- ñac de los Borgias y del vino de Locusta. Por eso hame ocurrido pensar algunas veces, cuando presencio las afor- tunadas correrías del Bey de los Campos y su gente por esos montes, que más le valdría á esos desdichados, ya que na- cieron con excepcionales aptitudes para la rapiña, hacerse con una credencialita en la Junta de la Deuda, (como Otei- za) en Aduanas, (como Pezuela) coscarse en un ayuntamien- to (como un cajero famoso) ó darse un paseito hasta la metrópoli para conseguir por medio de algún agente (cuya circular hemos visto muchos) uno de esos puestos desde los cuales se giran en un año treinta mil pesos á la tierra natal ó se retira uno á fomentar cualquier balnea-

(*) Sitaación Económica de la Isla de Cuba. Couiunicación del Intendente D. Mariano Cancio Villamil al Gobierno. 29 Mayo 1873.

8 MANUEL GARCÍA

rio en el mediodía de la Península, después de haber viví- do en este país infortunado con un tren de raja indio.

Y cuente el lector con que la pluma, movida por el autor con gran parsimonia, (porque la verdad absoluta lleva al- gunas veces á presidio con más facilidad que el secuestro,) se queda á la mitad del camino y no acaba do rasgar ese transparente velo que entjubre á medias, como el traje de las prostitutas, el inmundo cáncer de la inmoralidad colo- nial. ¡Qué sería si dando do mano á todos los resi)ctos, lla- mara á las cosas por sus nombres y revolviera el fondo de esta gran cloaca en cjue bracean tantos Manuel Gai'cía ha- ciendo su pesca sin los riesgos que corre el tristemente célebre Retj de los Campos de Cuba!

Y ahora bien: un pueblo que como se perpetran á diario los mayores delitos, quedando muchos impunes, un pueblo educado en el espectáculo de la inmoralidad, ¿cómo ha de ser honrado? ¿cómo ha de ser moral? El ejemplo vie- ne de arriba; la podredumbre está en lo alto y de allí corre á contaminar todo el cuerpo social. La miseria, los malos (yemplos de una administración corrompida y la despreo- cupación de un sistema que hace del juego un capítulo del presupuesto y fomenta la prostitución; los abusos de autoridad en los campos, la falta de instrucción, he ahí los principales factores del bandolerismo, aún cuando se echen á buscar otras causas aquellos á quienes conviene (como ya hemos dicho) convencer al pueblo de que fuera de los bandoleros que forman á las órdenes de Manuel García, Matagás ó Mirabal no se encuentra un pillo ni un defraudador de la riqueza pública para un remedio.

¡Ah! si fuera posible arrancar con mano valiente ese disfraz dorado con que se encubren los verdaderos ladro- nes!.... ¡Cuántas reputaciones falsas, cuántos nombres ilustres veríamos caer á tierra en medio de la befa y del escarnio!. .

so VIDA Y SUS HECHOS 9.

Tenemos dos docenas de facinerosos vulgares en los montes, cien criminales en las cárceles y el presidio .... Con eso basta para que durmamos tranquilos, persuadidos íntimamente do que fuera de esos bandoleros, en el país no hay mas que hombres honrados ....

QX^ato c/e üi Hz/a^ta.

Esta obra, en su mayiir parte, ha HÍdo escrita meses antes de la muerte de Manuel García.

MANUEL GARCÍA

(SI Kci? áe los Campos áe Cuba)

SU VIDA Y SUS HECHOS

Manuel García.— Filiación.— Antecedentes históricos.— Sus prime- meros años.— ¡Al monte!

Manuel García, el famoso bandolero cubano, conocido por ol Rey de los Campos de Cuba (mote que él mismo se aplica enfáticamente en sus cartas y fechorías), nació en Alacranes (Alfonso XII) el primero de Febrero de 1851, siendo bautizado en aquella iglesia parroquial de San Fran- cisco do Paula el día cuatro del mismo mes y año, y reci- biendo en la pila los nombres de Manuel Hermenegildo.

Sus padres legítimos, los honradísimos hijos de Cana- rias, D. Vicente García y D? María Isabel Ponce, residían en dicha localidad desde larga fecha, dedicados á las labo- res agrícolas. Más tarde se trasladaron á Quivicán, donde Manuel García recibió los principios de la educación pudi-

12 MANUEL GARCÍA

montaría que hoy posee, demostrando una j^ran claridad de inteligencia y mucha vivacidad.

Desde niño gozó de una privilegiada naturaleza: fuer- te, desarrollado, resistente a la fatiga y las necesidades, endureciéndose su organismo en el manejo de ganados que fué su primitiva ocuplación. Sin tener una organización ro- busta, distingüese por la elasticidad de sus músculos in- cansables en toda suerte de ejercicios. Es gran ginete, se lanza al suelo desde el caballo y trepa á la montura de un solo salto como el tigre. A caballo es invencible. Cuéntase que en las distintas veces que ha sido sorprendido, fué siempre el primero en desaparecer como un relámpago, pero defendiéndose con gran valor.

Su retrato ha dado pié para muy graciosas anécdotas. A los fines de la persecución, necesitaban las fuerzas y la policía un verdadero retrato del Rey de los Campos. Por dis- tintos medios y conductos, llegaron varios á poder de las autoridades. Ninguno se parecía al otro, pero cada posee- dor acreditaba ser el suyo el verdadero retrato. Es fácil co- legir que en la duda no había ganado mucho la autoridad con tantas fotografías.

Dicen algunos que Manuel García en aquel entonces no había soñado en retratarse ni es de suponer que el Rey de los Campos, que es astuto, cayera en la ligereza de propor- cionar á la policía y demás perseguidores, un dato tan pe- ligroso. Pero las autoridades necesitaban un retrato y se echaron á buscarlo poco más ó menos del siguiente modo:

Llegaba á palacio un jefe del ejército en operaciones (porque para perseguir á Manuel García se ha puesto en movimiento un ejército) y le hacían la siguiente pregunta :

Comandante: ¿ha visto Vd. á Manuel García?

Como veo ahora á V. E . .

¿Qué tipo tiene?

No es fácil de describir, pero tengo en la cuarta

au VIDA Y sus HECHOS 13

compañía un cabo que es el verdadero retrato del Rey de los Campos.

^¿De veras? Pues que venga enseguida.

Llegaba el cabo y le tiraban una plancha acto conti- nuo.

Salía á los pocos días una nueva fuerza á operar con- tra el bandolerismo. El jefe era llamado.

¿Conoce Vd. á Manuel García?

Como á mis manos, General. . .

¿De veras? ¿Será éste?

Momento de expectación.

Ni por el pelo se parece, mi General. Manuel Gar- cía es así, y asa, tiene la nariz como el señor y los ojos co- mo ese ordenanza que acaba de entrar el coñac .... En fin, en la sexta compañía tengo un soldado que es la estampa de ese bandido.

¿Es posible? Que venga en el acto.

Y le tiraban otra plancha. Así fué tirando planchas el Gabinete Particular y aún seguiría tirándolas monumenta- les si no hubiera caído al peso de su propio descrédito. '

Por fin (¡claro! los guardias valonas según la canción . . ) tuvo que dar La Lucha (cuya información puede competir con la del primer periódico del mundo), el verdadero re- trato de Manuel García. Copia fiel de eso retrato, es el que encabeza esta obra. Póstremenos reverentes ante lo admi- rable de los medios de persecución puestos en práctica por muchos gobernadores generales de Cuba!

El Sr. Fernando Pérez y Calero, dueño de la finca Ba- talla en San Nicolás, secuestrado por Manuel García en 21 de Julio de 1890, hace del famoso bandido la siguiente pintura:

^Es altOy trigueño^ de medianas carnes^ complexión fuer- te; usa bigote pequeño y representa tener unos cuarenta años. Sus ojos son muy vivos^ sus ademanes r'ápidos, se expresa con

14 MANUEL GARCÍA

gran afluencia de palabras y sus órdenes son obedecidas ense- guida por sus subordinados que le guardan gran respetos.

Otro secuestrado ha dicho que Manuel García es di- charachero; pero en general todos convienen en declarar que el Rey de los campos posee un natural tratable y aún presume á veces de ciertos arranques caballerescos impro- pios de su oficio. Jactase de ser fiel cumplidor de su pala- bra y exacto en todos sus contratos. Cuanto á sus relacio- nes con los demás individuos de la banda son cordialísi- raas siempre, sin que esto sea un óbice para el respeto que le tienen sus subordinados. El lema de Manuel García es: la unión hace la fuerza. Por ello no teme á veces perder de su derecho en los repartos con el fin de que no ocurra la mas mínima pendencia, seguro de que mientras tanto se encuentren unidos los elementos de la banda, serán inven- cibles.

Pocos y muy pálidos datos pueden acopiarse aquí res- pecto de los primeros años del audaz bandolero, pero entre ellos merece citarse aquel incidente originario de su alza- miento: su primer paso en la carrera del crimen.

Cuando Manuel García entraba en la juventud, enviu- dó su madre, joven aún, relativamente, no tardando en con- traer relaciones con un individuo natural de Alacranes ó sus cercanías. Era el tal, hombre de carácter áspero é ira- cundo y mal mirado desde el principio por Manuel García, en el cual la memoria de su padre no había logrado borrar- se de un todo. Por esta causa, más de una vez sintió des- pertarse en él los fieros instintos que habían de declararse más tarde.

Un día el padrastro de Manuel provocó un disgusto en la casa, por asuntos domésticos y dejándose llevar de su genio, puso la mano en la madre del bandolero. Manuel Gar- cía juró por Dios y por su alma que había de inutilizarle para siempre la mano injuriadora, no atreviéndose por en-

VIDA Y SUS HECHOS 15

tonces á ejercitar su venganza, temeroso de ser vencido.

No había pasado mucho tiempo, cuando una tarde, al ser requerido por el esposo de su madre, lo desafió en la propia casa y echándose á fuera y desenvainando el ma- chete, se lanzó sobre su padrastro y le infirió tres feroces machetazos en el cuerpo, dejándole inútil el brazo derecho y por lo tanto la mano. Había cumplido su juramento.

Manuel García se fué al monte huyendo á la policía y desde entonces se dedicó al cuatrerismo, viviendo á sal- to de mata y visitando á su madre muy contadas veces, porque las noticias de sus robos habían puesto en su se- guimiento á la Guardia Civil. Pero ya demostró desde aquel día el que después había de ser audaz bandolero, su astu- cia y su conocimiento del terreno, no logrando la persecu- ción alcanzarle nunca, apesar de sus frecuentes aunque rápidas apariciones en los pueblos comarcanos.

Ya por entonces había contraído matrimonio, á los 22 años con la joven Rosario Vázquez de 23 y natural de La Salud, cuya ceremonia se verificó en la Iglesia parroquial de Quivicán. Manuel García conoció á dicha joven, de diez años de edad en el poblado de Buenaventura. Apesar de los años que lleva el Rey de los Campos alzado y persegui- do por la ley, ha sido leal con la mujer que hizo suya, co- rrespondiéndole esta con igual fidelidad, sin que las vici- situdes y persecuciones que ha sufrido su esposo y de las cuales le ha cabido á ella alguna parte, hayan logrado ha- cerle renegar de su fe. Bien recientemente ha sido confi- nada á la Isla de Pinos, de donde acaba de volver á esta Isla en libertad, tal vez gozosa .por hallarse más cerca de su desdichado compañero.

n

Manuel García, bandolero.— Farioo Torres y bu banda. -Félix Ji- ménes.— Asesinato del Jefe de Folióla de Uataneas en la Plaza de Armas de dioha ciudad.— Salida de Kanuel Qarcia y sua com- paQeros para Cayo Hueso.

Dosde el mismo día en que Manuel García mal hirió á su padrastro, pudo considerarse ya como un elemento más del bandolerismo. La primera falta lanza al hombre á la manigua; ta necesidad, el hambre le convierten en la- drón; la persecución, la vida en el monte le truecan en un facineroso. Es la fiera acorralada que vende su vida en pro- pia defensa; la imperiosa lucha por la existencia le hará abandonar su madriguera para lanzarse al camino real; el peligro constante le hará sagaz, astuto, cauto: la desigual- dad de fuerzas entre el perseguidor y el perseguido le hará valiente, audaz, tomerar para darle caza se apelar el engaño, la emboscad; mano, lógicamente, de k ra defender la vida ó ve presa, el terror, la vengs

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su VIDA Y SUS HECHOS 17

Manuel García cuatrero, necesitaba un leve empujón para entrar de lleno en la carrera del crimen. Ese empu- jón se lo dio la casualidad.

Una mañana de Mayo allá por el 77 ó 78, fué sorpren- dido conduciendo una yunta robada en medio de una ser- ventía, por una pareja de la Guardia Civil. Alto el paisano! . .

Lo que pasó en aquel momento por el alma del per- seguido ¿quién lo sabe? La lucha era desigual: la huida imposible. Sería cazado como una liebre antes de correr veinte metros.

El que más tarde había de llamarse el Rey de los Campos de Cuba, encomendó á un golpe de audacia, mejor aún, á la astucia que formó siempre la base de su carácter, la salida de aquel terrible atolladero. Rebuscaba en los bolsillos de su pantalón y en la vuelta circular de su guayabera, unos docutnentos que no tenía, que no podía tener, urgaba entre las ropas, mirando furtivamente á los descuidados guardias, que fatigados de la jornada, tendían la vista por la extensión de sabana á ratos som- breada por los campos de caña. La mano caía desplicen- te sobre el cañón del Remington, uno de ellos se secaba el copioso sudor; el otro liaba un cigarro dejando apoyar- se el cañón del arma sobre el costado.

Rápido como el rayo, Manuel García desenvainó el machete, de un solo tajo dejó fuera de combate á uno de sus perseguidores y enseguida se lanzó sobre el otro que ni siquiera tuvo tiempo de repeler la agresión. ¡Tan bru- talmente súbita fué la acometida del bandolero ! Cinco minutos después, Manuel García se internaba en el mon- te llevándose las armas y las municiones de sus víctimas, muertas en el cumplimiento de su deber, mártires obscu- ros de los cuales tal vez ni se recuerde el nombre. En mi- tad de la vereda y nadando en un charco de roja sangre

2

18 MANUKL GARCÍA

que reverberaba á los rayos solares con los reflejos de la púrpura, quedaban dos cuerpos acuchillados y aún palpi- tantes.

Por aquel año, (1878) ya muerto Agüero y disemina- da su partida, actuaba en Matanzas y Alfonso XII otro audaz bandolero, Perico Torres, en cuyas filas formaban Perico Hernández, Félix Jiménez, Lengue Romero y otros facinerosos hasta el número de doce ó catorce. No obs- tante la persecución de que eran objeto, llevaban su atrevi- miento al extremo de penetrar muy amenudo en la ciudad de Matanzas, registrándose, respecto de esto, un hecho por todos conceptos escandaloso y que relataremos más ade- lante. A esa partida logró unirse Manuel García, entre- gándose desde entonces á la vida criminal del bandolero y distinguiéndose por su presencia de ánimo en los en- cuentros con la fuerza pública, así como por su astucia para burlar la activa persecución desarrollada contra el bandolerismo, siquiera fuese con intermitencias y sin obe- diencia á un plan racional y discreto.

Porque en este' punto, hemos de declararlo, échase de ver en el sistema de persecución un síntoma que de- lata el carácter de nuestra raza. Cuando se perpetra un hecho criminal, la protesta popular empuja y sirve de acicate al poder público para perseguir á los autores, acentúanse y avívanse las operaciones contra el bandole- rismo, pénense en juego todos los recursos, transfórmanse en campamentos los paraderos del ferrocarril, y arrójase sobre nuestros campos una cifra enorme de fuerza, ¡seis ú ocho mil hombres!; poro conforme se borrando de la me- moria del pueblo la impresión producida por el desafuero realizado, por ol crimen cometido, entibiándose tam- bién la actividad desplegada en un principio, remitien- do la fiebre de persecución y á los pocos días volvemos á vivir en el mejor do los mundos. Por algo somos latinos.

au VIDA Y sus HECHOS 19

CaaniK) á los medios de persecución, no hemos de criti- carlos, porque este libro es un simple relato de la vida y hechos de Manuel García y no una obra doctrinal. Docto- res tiene .... el gobierno que sabrán decir si el sistema adoptado hasta hoy es el más racional y el más práctico. Nosotros limitarémonos á apuntar que lo que parece acon- sejar el sentido común, es poner en práctica iguales medios que ejercita el bandolerismo. Hasta hoy, si se ha hecho algo débese solamente á la iniciativa particular de algunos jefes discretos, pero no á la bondad de un sistema de perse- cución, por la razón sencilla de que .... el tal sistema no existió nunca, ni plan ni cosa que se le parezca de cien le- guas. Dirá alguno:— ¿Y el Gabinete Particular? Aparte de que por entonces no existía, el Gabinete Particular no era un sistema; era. . . . otra cosa: un medio como otro cual- quiera de arrojar el dinero á puñados. Zugasti acabó con el bandolerismo en Córdoba (y eso que tenía raices más profundas que el bandolerismo cubano) Sin gastar la déci- ma parte de lo invertido por el Gabinete Particular en solo un año de empresas novelescas.

Y á la opinión de la prensa nos atenemos.

Volviendo á nuestro relato, diremos que Manuel Gar- cía, dentro de la banda de Perico Torres ó mandando al- guno de los grupos eu que aquella se fraccionaba para mejor burlar las fuerzas que les daban caza, tomó parte en las depredaciones de más resonancia realizadas por en- tonces, en compañía de Lengue Romero y Félix Jiménez.

A tener presentes los sucesos públicos de aquella épo- ca, el bandolerismo gozaba de verdadera impunidad se- gún lo demuestra el hecho de ser cazado á tiros en la calle del Sol, de la Habana, el temido Félix Jiménez, que ha- bía pernoctado, con singular atrevimiento, en una casa de lenocinio do dicha calle, con dos de sus compañeros, lo cual vino á confirmar ciertos rumores recogidos por La

20 MANUEL GARCÍA

Lucha y algún otro diario de información, de que los ban- didos más caracterizados de las provincias de la Habana y Matanzas, penetraban en estas poblaciones y otras me- nos importantes cuando lo tenían por conveniente.

Si otro testimonio fuera preciso, ahí está el alevoso y audaz asesinato del Jefe de Policía de Matanzas, (hecho al cual hacíamos alusión en páginas anteriores) en plena Plaza de Armas, una noche de retreta, frente á los balco- nes á que se hallaba asomado el (íobernador de la pro- vincia. Daremos algunos antecedentes sobre este hecho.

Acababa de darse un corte á la guerra separatista con el pacto del Zanjón, (1878). Los principales elemen- tos de aquella guerra y sus caudillos, empezaban á entrar en las poblaciones para buscar descanso á la agitadísima vida del monte. En Matanzas residían varios jefes separa- tistas, entre ellos uno de alta graduación, el brigadier Maestre, por cierto en estado quebrantadísimo de salud, merced á un pertinaz paludismo, que, tenemos entendido, le curó en breve tiempo el reputado Dr. Verdugo, padre de uno de los estudiantes fusilados en aquella hecatombe de triste recordación.

Acompañando al brigadier Maestre, vinieron á la Ciu- dad de los dos ríos varios oficiales y soldados insurrectos, perfectamente tratados y atendidos por el pueblo y las autoridades de tan culta capital.

Hervía entonces la provincia en cuatreros y facine- rosos, obligado detritus de todas las guerras, los cuales utilizando la entrada de los capitulados, penetraron tam- bién en las poblaciones, teniendo de ello conocimiento el general Acoeta y Albear que gobernaba á Matanzas. Esos cuatreros y gente perseguida, pululaban por Pueblo Nue- vo y eran vigilados por la policía.

Un día circuló el rumor de que el inspector Castro Camó, del cuerpo de seguridad de la Habana, había lie-

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su VIDA Y SUS HECHOS 21

gado á Matanzas con instrucciones para capturar á dichos bandoleros, según la voz pública, autorizados por Acosta y Albear para circular libremente como capitulados.

Una noche, era domingo, llenaba la hermosa Plaza de Armas de Matanzas una concurrencia escogida y nu- merosa. Una banda militar tocaba frente á los balcones de Palacio, á los cuales se asomaba de vez en cuando el Go- bernador. En la Plaza y frente á aquellos balcones, una larga fila de mecedores de meple (que aún hoy se colocan las noches de retreta) estaba cubierta de caballeros. En- tre ellos se hallaba el Inspector de Policía Sr. Castro Ga- mo. Tras de él, habíase colocado un coche de punto.

De pronto suenan varias detonaciones de revólver, y mientras tanto se amotina el público escandalizado y las damas se desmayan ó corren despavoridas, cae el Sr. Castro Camó bañado en sangre.

A caballo habían entrado en la Plaza, bajando por la calle do Contreras, los bandidos Perico Torres, Félix Ji- ménez, Perico Hernández, Gallo Sosa y tal vez Manuel García. Uno de ellos apartó el caballo del carruaje, se in- trodujo entre éste y la fila de sillones y sobre seguro, descargó su revólver, (secundado por los demás) sobre el descuidado inspector.

En seguida, aprovechando el momento de terror del público, clavaron los acicates á sus caballos y huyeron velozmente, pero sin gran sobresalto, no como quien perseguido sino como quien lleva prisa, calle de Gelabert arriba para doblar Dos de Mayo y meterse por la Plaza de la Verdura. De allí á la Calzada de San Luis, esto es, al campo libr(% solo media un paso.

Por cierto que perseguidos los bandoleros por la gri- tería de algunos transeúntes, disparaban tiros á diestro y siniestro, hiriendo en una pierna al conocido hijo de Ma- tanzas Sr. Arredondo. Así se perpetró el golpe de mano

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más audaz y descarado del bandolerismo, que se recuer- da en Cuba.

A propósito de este hecho insólito, mucho más grave por las eircuQatancias en que se cometió que el asesinato del inspector Recio en nuestro Parque Central, dijese que Perico Torres iba herido de un balazo, agregándose, con ese motivo, que todas las noches penetraba el bandido en Matanzas á hacerse la cura y aún creemos recordar que se citaba la botica. Y si esto no se dijo de Perico Torres, sino de Roselló, para el caso es lo mismo.

En esa compañía de gente brava y probada hizo sn aprendizaje profesional Manuel García, tomando parte en varios hechos criminales, hasta que .... Pero aquí antoja- senos copiar á un historiador que consideramos bien en- terado por sus relaciones intimas con el famoso Gabinete Particular. Nos referimos ¿ El Bandolerismo en Cuba. (To- mo 1? 1889.)

«.Dice el riin-run de la opinión que en los principios del bandolerismo (de 1879 á 1881) se facilitó la fuga á los ban- didos que quisieron, auxiliándoles con dinero personas intere- sadas en el bien de estas provincias. •»

La obscuridad del párrafo, nos impide saber quien facilitó esa fuga, pero en cambio nos demuestra lo contra- producente de ese interés por estas provincias, pues Ma- nuel García que por esos años abandonó la Isla, volvió á ella en 1887, según verá el lector en el capítulo próximo.

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III

Regreso de los touristes del Cayo.— Presentación de Manuel Garoia, Beriben (&) Quiebra-Hacha y consortes en Versalles (Matan- zas).—El Jefe de Polcia Fernández y El Griego.— ¡Un cuerpo de ejército contra seis hombres!— Muerte de Beriben.—El cadáver.

No se sabe aún como, el día 6 de Septiembre de 1887, desembarcaron en nuestras costas por Bacunayagua cinco ó seis bandoleros procedentes de Cayo Hueso. Eran, se- gún públicos rumores, Manuel García, Beriben (a) Quie- bra-Hacha, Lengue Romero, Gallo Sosa y otros. He aquí como se siguió la pista de estos bandidos, hecho de que fué casi testigo presencial el autor de este libro, por per- tenecer en aquella época á la prensa diaria matancera.

Como a las once y media de la noche del 9 de Sep- tiembre, hermosísima noche, pero algo obscura, se pre- sentaron tres hombres armados de revólver y puñal en la orilla derecha del río Yumurí (Versalles) y casi bajo la gran arcada del Puente de La Concordia.

Entre las varias pequeñas embarcaciones que allí so balanceaban al impulso de la mansa corriente, amarradas á la ribera, estaba un bote acabado de atracar y que tripu-

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laba el G-rieyo, marinero que aún existe y muy conocido en ese barrio de Matanzas.

Uno de los desconocidos, Manuel García, llevando la mano sobre la calata de su revólver, se adelantó al mis- mo borde de la barca y dirigiéndose al Griego, ya en ac- titud de saltar á tierra le dijo imperiosamente: !No saltes: nn viaje y se pagará bien. El Griego pretendió excusarse, pero más rápidos que la vista, ya tenia tres hombres á bordo, sintióndose, sin saber por qué, impresionado. Empuñando los remos, pre- guntó:

¿A dónde vamos?

A Punta Sabanilla respondió el que parecía diri- gir la expedición.

Efitrañóle al Griego aquel viaje á aíiuella hora, pen> uno de los bandoleros, dejando ver su cinto, de que pen- día un poderoso revólver de reglamento, le hizo enmude- cer. El bote salió por la desembocadura del Yumurí á la bahía, no tan de prisa como parecían desear loa pasajeros que á cada momento ordenaban con voz ronca al Griego: Voga de prisa, ¿entiendes? .... Mientras tanto duraba el embarque presenciábala operación desde el alto del puente de la Concordia un guardia gubernativo (cuyo nombre no recordamos) quien tomando un coche cerca del Kiosko, se «lirigió á escape á la Jefatura de Policía de Gobierno, desempeñada enton- ces por D, Casimiro Fernández.

Antes de seguir nuestro relato debemos hacer una pequeña digresión. La noticia del desembarco de los bandidos procedentes del Cayo, sabíase tres días antes en toda la Isla, por haber publicado algunos detalles la pren- sa de información. Los expedicionarios habíanse frac- cionado, al parecer, en dos grui>os, siendo uno de ellos, el principal, el presentado en la noche del 9 eu el barrio de

su VIDA Y SUS HECHOS 26

Versalles. La opinión decía, que dichos bandidos habían llegado á Matanzas, con objeto de llevar á cabo un audaz golpe de mano en el poblado de La Cumbre, lugar de ve- raneo, entonces residencia de algunas personas acomoda- das de la ciudad de los dos ríos, entre ellas el Sr. Salva- dor Castañer, rico hacendado ya difunto. Hecha esta sal- vedad, continuaremos nuestra narración, en este caso, hecha en presencia de documentos fidedignos.

D. Casimiro Fernández, jefe de Policía de excelentes condiciones, á pesar de no poseer gran instrucción, al tener noticia del hecho se dirigió á Versalles, acompañado sola- mente de dos guardiasy tomando un bote cerca del puen- •te, se puso en persecución de la embarcación del Griego, que, como puede colegirse, le llevaba gran ventaja. Cuan- do llegó á Punta Sabanilla, ya los bandidos habían des- embarcado y El Griego se preparaba á dar la vuelta para Matanzas. Apoderóse del bote del Griego operó un reco- nocimiento en el terreno, tomó nota de la dirección que pudieran haber tomado los fugitivos y trasmitió un parte al gobierno civil, (ocupado entonces por el dignísimo fun- cionario, militar y perfecto caballero Sr. D. Joaquín Gorós- tegui) indicándole la conveniencia de que sin pérdida de tiempo, embarcara una sección de la Guardia Civil en un remolcador, con orden de dirigirse á la mayor brevedad á Punta Sabanilla.

Acbo continuo se dieron las órdenes y á los pocos momentos salían á bordo del remolcador Don Juan, propie- dad de la importante casaBea Bellido y Comp?, veinticin- co guardias civiles. Preciso es confesar que en esta oca- sión, no se perdió tiempo y que lo mismo el gobernador Civil que el jefe do Policía Sr. Fernández, estuvieron á la altura de su deber. ¡Ojalá siempre se hubiera hecho lo mismo!. . . .

Con la sección de la Benemérita, salieron también el

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26 MANUEL GARCÍA

Sr. Goróstegui y su secretario, el Iltmo. Sr. D. Gonzalo Montalvo y Mantilla, Conde de Macurijes. Debemos ha- cer not*ir aquí, que los bandidos debían estar muy bien in- formados, pues en aquel entonces la vigilancia en La Cum- bre y en todo el barrio de Versalles era nula, á causa de ha- llarse distraídas todas las fuerzas en la persecución de los bandidos recién llegados de Cayo Hueso. Por aquellos mismos días, circuló el rumor de haber sido secuestrado el mayordomo del ingenio Soledad^ del hoy difunto don Francisco Secada.

Con la presentación en la costa de Matanzas de los citados bandidos, coincidió la batida efectuada en los mon- tes del potrero Saladrigas, del otro grupo do bandole- ros procedentes del Cayo, materialmente asediados por fuerzas de Infantería de Bailón, (al mando del teniente Sr. Contreras) caballería y Guardia Civil. ¡Todo un ejér- cito!

En la linea del monte, vieron las fuerzas en su huida á los fugitivos, distinguiendo que uno do ellos iba co- jeando, al parecer herido. Iban á pié y en derrota, por- que la persecución fué en realidad activíáima. Sufrió la Guardia Civil la pérdida de un caballo, y fueron ocupados á los bandidos un rifle, ciento sesenta cápsulas y dos ca- pas de agua.

E^íte encuentro, hizo concebir á todos la esperanza do que los bandoleros serian capturados, vivos ó inuerto>, en su totalidad y en pocas horas; pero Dios teñí* las cosas dispuestas de otro modo y . . . . aún tenemos á algunos de ellos, desde 1887, vivitos y coleando. ¡No puede negar- se que Manuel García es hombre de suerte !

A los primeros albires del día 10 de Septiembre, casi doce horas después del desembarco de los bandidos en Punta Sibanilla, un verJiderocaei-po de ejército rodeaba, como un cinto de hierro, los puntos denominados Loma

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su VIDA Y SUS HECHOS 27

del Indio, los Cuavales, sitio de la Tres Seibas y tienda la Lata. Mandaba las fuerzas de infantería el Teniente Coronel de Bailen y hacían el servicio de vigilancia y em- boscadas secciones de la Guardia Civil y del 2? Escuadrón de Caballería de la Reina. También había policía.

Como á las cinco de la mañana, el teniente de Caba - Hería de la Reina, D. Genaro Landini, salió por orden del Teniente Coronel á hacer un reconocimiento por los Cua- vales y sitio de las Tres Seibas, llevando á sus órdenes seis soldados del Batallón de Bailen, diez de Caballería v una pareja do la Guardia Civil. Aún cuando dicho recono- cimiento no dio resultado, tuvo informes el Sr. Landini á las siete, de que fuerzas de Infantería, Caballería y Guardia Civil, acababan de tener un encuentro con los bandidos del Cayo, pues se oyó bien claro el tiroteo, dirigiéndose precipitadamente con su fuerza al lugar del hecho y estableciendo, por orden del Capitán de la Guar- dia Civil (cuyo nombre sentimos no recordar) una embos- cada. A la lina de la tarde salió con el resto de la fuer- za á recorrer todo el monte, cercado completamente (dice un documento que tenemos á la vista) por fuerzas de to^ das las armas. Ei*a un cordón continuo de emboscadas, cubierto un frente por la Caballería del 1? y 2? Escuadrón de la Reina. Así se pasó toda la tarde y noche del sábado hasta el amanecer del domingo, llegando á la ciudad de Matanzas, hora por hora, en medio de la expectación ge- neral, los detalles de esta batida, en cuyo relato nos ex- tendemos algo más de lo regular, por tratarse de la operación más importante contra el bandolerismo, efec- tuada hasta la fecha.

A las seis de la mañana del domingo, una pareja del Escuadrón de la Reina, de emboscada cerca de los Cua- vales, permanecía silenciosa y alerta en el lindero del monte, cuando sintió ruido de maleza á su izquierda y á

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los pocos momentos, no sin sorpresa agradable, vio apa- recer un hombre corpulento que se arrastraba hacia un pequeño arroyo. Llevaba en la mano izquierda empuñado un revólver Smith de gran calibre, á consecuencia sin du- da de estar herido en el brazo derecho. Su intención pa- recía ser la de coger agua en su sombrero de jipijapa, de anchas alas, para beber ól ó para llevársela á sus com- pañeros internados en la manigua.

La valiente pareja dio el ¡alto! al bandido, que res- pondió descargando su revólver sobre la fuerza. Esta hizo fuego simultáneamente: el desdichado sediento dio un sal- to y cayó muerto de dos balazos, sin tener el consuelo de probar aquella agua que acababa de pretender comprar al precio de su vida. El muerto era Beriben, (a) Quiebra Ha- cha, bandido de pésimos antecedentes y recién llegado de Cayo Hueso.

Los soldados de la Reina que dieron muerte á Beri- ben, se llamaban Segundo Puerto Zaldon y Remigio Cuesta.

El mismo domingo 11, á la una de la tarde, llegó á las puertas de la Cárcel de Matanzas, en unas angarillas de la reparación del ferro-carril, el cadáver de Quiebra Hacha, de cuyo bandido publicó el acreditado Conreo de Matanzas, que dirigía y aún dirige el ilustrado periodista Enrique Valderrama, un excelente retrato. Junto al ras- trillo fué identificado el cadáver. Era un arrogante hom- bre blanco y rubio, de treinta y seis ó cuarenta años, verdadero tipo del Norte de España. Decíase que era na- tural de Vizcaya. Gastaba toda la barba y vestía panta- lón de dril cazador, guayabera blanca, sombrero de jipi- japa y zapatos gruesos de becerro, con suelas salientes.

El cadáver presentaba una herida de machete en el lado derecho de la frente, un tiro de fusil ó tercerola en la parte media del brazo derecho y una herida (la mor-

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su VIDA Y SUS HECHOS 29

tal) de bala, en el costado del mismo lado, presentando una contusión sobre el pabellón del ojo izquierdo.

Un público numeroso acudió toda la tarde á contem- plar el inanimado cuerpo de Beriben (a) Quiebra Hacha, conviniendo la prensa y la opinión en que las activas ope- raciones que se llevaban á cabo, darían por resultado in- mediato la muerte ó captura de todos los expedicionarios. El tiempo se encargó de demostrar el optimismo de aque- llas esperanzas.

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IV

Aparición del secuestro.— Secuestro de D. Manuel Martínez Alonso. —Salvación providencial.— il^emplaridad de la pona de muer- tel —Secuestro de D. Pedro Sardina. -La banda de Manuel Gar- cía.—Sus dos grupos.— Filiación de sus individuos.— Pintura física y moral de los mismos.

Hasta la completa orgauizacióa de la banda de Ma- nuel García, puede decirse, que, con ligeras excepciones, el secuestro no se había adoptado en el bandolerismo cubano. Tal vez por carencia de un espionaje perfecto, los primeros secuestradores no progresaron, muriendo ba- jo la persecución ó en el garrote ó siendo enviados á pre- sidio. Con la persecución de la compañía do bandidos mandada unas veces por Manuel García y otras por su segundo Lengue Romero, adquirió su apogeo el secuestro, menudeando los casos y afectando estos mayor carácter de audacia y de fortuna.

Tenemos por fuerza que pasar por alto todo el tiem- po que media desde el desembarco de los bandidos del Cayo en 1887, hasta el año 1889, porque en ese espacio, conformóse el bandido con las contribuciones que cobra-

su VIDA Y SUS HECHOS 31

ba al hacendado, impuestas bajo el miedo de incendiar sus cañaverales. Dábale esto suficiente producto, y los bandoleros preferían esos emolumentos cobrados sin peli- gro, al golpe de mano que no siempre se realiza con for- tuna.

El primer secuestro de Manuel García se efectuó el 2 de Agosto de 1889 en el Aguacate y en la persona de don Manuel Martínez Alonso, contratista del servicio de co- rrespondencia entre dicho pueblo y el de Canasí y próxi- mo pariente del Alcalde Municipal del primer Termino.

Como á las cinco de la tarde y sin ningún género de precauciones, se presentaron en la colonia Xiquts, de los señores Morales, distante del Aguacate como un cuarto de kilómetro, cinco hombres expléndidamente montados y armados, al mando de Domingo Montolongo, segundo de Manuel García.

Montolongo, á quien hemos de encontrar más ade- lante en una escena de sangre y de horror, desarrollada dos años después en la bahía de la Habana, á bordo del vapor correo Baldomero Iglesias de la Compañía Trasatlán- tica, fué uno de los indultados y conducidos al Cayo en 1878, de donde regresó con Manuel García en 1887.

Los bandidos se apoderaron del Sr. Martínez, que no opuso resistencia, lo montaron en un caballo robado en la colonia Los Príncipes^ allí cercana, y se dirigieron á las lo- mas de Madruga. Ya atravesado el valle de Cayajabos y casi aquella sierra formidable, refugio y baluarte del ban- dolerismo, cerca de la Loma Blanca, la partida que mar- chaba á buen trote, tuvo que abrir un portillo. En aquel instante se oyó un enérgico ¡alto! y después el fragor do una descarga. Era un grupo de la Guardia Civil que se en- contraba de emboscada.

Los bandidos á la voz de Montolongo, se volvieron descargando con no vista serenidad sus rifles sobre la

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l'iierza pública, la cual eontostó valienteti sin reparar en el Sr. Martínez, quo comj raado, no sabía si gritar ó seguir dócilm radores.

Entonces, y mientras se cruzaba e dos partes, el secuestrado se arrojó rápi desde su montura, yendo á chocar con palma, contra el cual se destrozó la boc sin embargo, en el monte, andando á ras hacer el menor ruido posible.

Por un instante creyóse perdido, por dia Civil y muy cerca los bandidos, oyó 1 Montolongo que lanzando un juramento, va ese . . . . ! El Sr, Martínez sintió muy te. Las pisadas de los caballos de sas ] tían el suelo, como si fuera objeto de un rabie la serenidad de los bandoleros, detei al secuestrado prófugo, bajo el fuego de Guardia Civil!

Por fin todo quedó en. silencio y ai terror permaneció echado Martínez dos 1 ta que entrada la noche, se presentó : puesto de Madruga, á cuyo punto fué & dosele declaración.

Al amanecer del 3 do Agosto, regr* siendo objeto de un afectuoso recibimie todo el pueblo que llenaba el paradero,

Y "para que se vea toda la eficacii muerte, bueno es hacer notar aquí, que > tro del Sr. Martínez, cumplíanse ¡tres horrible ejecución de Victoriano Machín t la Cárcel de la Habana!

Cinco días no más habían transcun videncial salvamento del Sr. Martínez A

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su VIDA Y SUS HECHOS 33

plena ciudad de Nueva Paz, realizó la partida de Manuel García, casi toda reunida, el secuestro ruidoso del hacen- dado Sr. D. Pedro Sardina, y decimos ruidoso, porque precisamente en aquellos días se ponían en práctica los planes del malogrado General Salamanca contra el bando- lerismo. Nos referimos á los somatenes bajo la dirección del Brigadier Sr. Lachambre, que resultaron perfectamen- te estériles.

El Sr. Sardina natural de Nueva Paz, es un propieta- rio muy estimado on dicho punto y sin ser rico, goza, merced á su economía y actividad de algún desahogo, pudiendo dar carrera universitaria á dos de sus hijos. Posee las haciendas Santa Clara, San Pedro y Dos Marías en aquel término y en la primera de ellas, en momentos de dirigirse á las labores cuotidianas, fué sorprendido por la partida de Manuel García, emboscada en la colonia San Manuel, colindante. Esto como hemos dicho ocurría el 7 de Agosto de 1889 á las seis de la mañana.

El Sr. Sardina, que había salido de la ciudad muy temprano, llegó á Santa Clara antes do las seis, y al pre- tender franquear la portada, le extrañó mucho notar que ofrecía gran resistencia. Los bandidos allí cerca ocultos, la habían trincado con un bejuco, con objeto de detener unos momentos al propietario.

Cuando iba el Sr. Sardina á empujar con todo su cuerpo, y sin apearse, aquellas verjas, silenciosamente, como sombras le aparecieron delante seis hombres for- midablemente armados.

Venga Vd. con nosotros dijo al anciano uno de los bandidos, tomando las bridas del caballo.

Lo llevaron á un lado del camino, y mientras tanto, dos hombres se dirijían á la finca deteniendo al Sr. Gil, un anciano respetable, que venía á franquear la portada al propietario. Después de hecho esto, lo dejaron en li-

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34 MANUEL GARCÍA

bertad, pues para ellos era un estorbo, ordenándole que diera parte del secuestro del Sr. Sardina pasada una hora. Como no anduviera de prisa el Gil, uno de los bandidos le dio un empujón, haciéndole caer por tierra.

Con el secuestrado vendado, en medio, caminaron los bandidos desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde, hora en que establecieron su campamento en me- dio de un alto cañaveral, preparando el almuerzo consis- tente en carne de puerco frita, salchichón, jamón y pollo asado. También ofrecieron al Sr. Sardina algunas latas de conservas y frutas. Lo único que no sirven en sus co- midas los bandidos, es vino ni aguardiente; tal vez suce- da esto solamente cuando preparan y realizan un golpe de mano.

Satisfecho el apetito, emprendieron de nuevo la mar- cha, caminando sin descanso hasta las tres de la madru- gada del ocho, y llevando invariablemente vendado al se- ñor Sardina. El día ocho emprendieron, después de comer, otra nueva jornada que duró casi un día. Habían llegado á lo que llamaban los bandoleros el campamento y que era un lugar elevadísimo. Con seguridad la parte más accidentada y abrupta de la inaccesible Sierra de Madruga. El pavimento era pedregoso, como de monte firme y al punto en que vivaquearon no pudieron ascender los caballos, quedando mucho más abajo amarrados. Se- gún manifestó el secuestrado, nunca oyó desde allí ni silbatos ni campanas, lo cual demuestra el perfecto aisla- miento del cuartel general de Manuel García.

La partida del Rey de los campos, constaba en esta época de doce hombres lujosamente equipados según el siguiente figurín:

Traje de dril li holanda morada ó azul, á listas, muy parecido en hechura y color al que usan los Tiradores de Bizarro, caballería del ejército: doble bandolera de cuero

su VIDA Y SUS HECHOS 35

araarillo cruzando el pecho y soportando dos bolsas reple- tas de cápsulas; sombreros de guano ó jipijapa, muchas veces adornados con escarapela. El armamento consiste en rifles Winchester y Relámpago, modernísimo sistema, re- volver Smith gran calibre, machetes Collin media cinta, afílados como navajas de barba y agudos puñales al cinto. Generalmente montan los bandidos excelentes caballos, educados para el salto de cercas y las grandes carreras. Esto constituye el verdadero problema de la existencia y la resistencia del bandolerismo cubano, puesto que en- vuelve la necesidad de las grandes cooperaciones, del es- pionaje vasto, de un servicio completo de remonta con picadero y maestro de equitación, tal vez. El bandolero, según ha podido juzgarse prácticamente, sale á operacio- nes, sin preocuparse por la pérdida do un caballo ó de un rifle ó de una montura. Ya sabe él donde proveerse en caso de necesidad^ Todo está previsto. La banda de Ma- nuel García, compuesta de doce ó catorce hombres, como hemos dicho, actuaba fraccionada en dos grupos, salvo en muy contados casos que se presentó completa. Mandaba un grupo el Rey de los campos y el otro, su segundo, An- drés Santana, natural de Cabezas, soltero y de veintiocho anos de edad. Componíase el primer grupo, bajo las ór- denes de Manuel García, de los bandidos sic^uientes:

Domingo Perfecto Montolongo y León, hijo del Agua- cate, residencia de su familia, de treinta y cuatro años, alto, grueso, de polo castaño claro y copioso bigote.

Sixto Valora y Montolongo, natural Casiguas, de veintitrés años de edad, musculoso, de gran talla y arro- gante presencia, muy trigueño, lleva bigote y barba poco poblados y tiene el cabello negro y un tanto crespo.

José Inocente Sosa y Alfonso (a) Gallo Sosa, natural de Madruga, de treinta y cinco años de edad, buena talla, mal semblante y ojos muy vivos.

3G MANUEL GARCÍA

Vicente García, hermano del Rey de los Campos, muy joven, ojos azales, rubio, delgado y acercado cuya entra- da en el bandolerismo nos ocuparemos extensamente en el capítulo próximo por creer que se relaciona fntima- memente con el peregrino sistema de persecución que se ponía en práctica en aquella época.

José Plasencia (pardo) natural de los Palos, circulado mucho antes de ingresar en el bandolerismo, por robo de reses y^que estuvo empleado algunos anos en Santa Clara finca de la propiedad del secuestrado Sr. Sardina y en la que se efectuó el secuestro de éste.

El segundo grupo de la banda del Rey de los Campos lo constituían los siguientes bandoleros:

Andrés Santana.

Pablo Gallardo (a) Escuela, natural de Nueva Paz, soltero y de veintisiete años, mediana estatura, envuelto en carnes, de aspecto melancólico, usa patillas y bigote negros. De este teniente de Santana, dícese que es de un carácter tan amable, que no tiene condiciones para bandolero.

Antonio Mayol, soltero de veintitrés años y natural de San Antonio de las Vegas.

Pedro Palenzuela, estatura regular, pocas carnes, bigote negro. Carácter apacible: modesto, dice un secues- trado.

Eulogio Rívero, bajo, grueso, patillas negras cerra- das y largas, trigueño: muy altivo y de fisonomía impo- nente.

Víctor Cruz, de carácter reservado, trigueño, estatu- ra regular, bigotes muy cortos.

Y un tal Rosales, del cual solo pueden apuntarse es- tos datos: alto, buenas carnes, patillas y bigote negros.

Esta pintura física y moral de la partida de Manuel García, está hecha, (con notable precisión, por cierto) por

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el Sr. Fernando Pérez, ciudadano americano, arrendatario de la finca Batalla, del cual hemos hecho mención al prin- cipio de esta obra, con motivo del retrato del Rey de los Campos y del cnal nos ocuparemos oportunamente al dar cuenta de bu Becuestro.

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Un dato elocuente.— Vicente García.— Una carta á"La Lucha'*.— Cautiverio del Sr. Sardina.— -El cuartel general.— La vida de campamento.— Lo que piensan los bandidos.— Indulto ó cande- la.—El General Salamanca.— El precio del rescate.— Comercian- tes bandidos.— Montolongo barbero.— ¡En libertad!— Bara sus- cripción.

Al ocuparnos más atrás en Vicente García, hermano y uno de los más modernos individuos de la banda del Rey de los Campos, decíamos que su entrada en el bando- lerismo se relaciona íntimamente con el raro sistema de persecución puesto en práctica en a«iuella época. Nada más cierto: ya ligeramente apuntamos al principio de es- ta obra, que siempre adoleció la persecución de la falta de un plan racional tocándose por virtud de ello, grandes y radicales errores que vinieron á influir, de un modo favo- rable, en la propagación del brigandaje. Dentro de la elástica denominación de cómplices y encubridores, cabía, por error del sistema, todo el pueblo de nuestros campos á merced de los desafueros del bandolerismo y de sus venganzas y el criterio de nuestras autoridades, no acertó

su VIDA Y SUS HECHOS 39

á descartar, como indicaba el sentido común, en aquella vasta denominación, que tanto se presta á la venganza y la injusticia, el cómplice, verdaderamente dicho, el encu- bridor por la paga, el espía y el hombre honrado que per- dido en la soledad de los campos, sin ninguna suerte de garantías, se obligado por el temor á proporcionar re- cursos al bandolero, á facilitarlo informes de todas clases, á ser un arma que éste maneja á su antojo y que le ex- celentes resultados.

No estaba, ciertamente, en este caso, Vicente, el her- mano de Manuel García, pero con todo, según se verá más adelante, fué también lanzado al bandolerismo por el aco- samiento de qtie era objeto bien indiscretamente, á nues- tro entender, porque vigilado con arte, pudiera haber sido el cebo puesto al Rey de los Campos, para caer en manos de la justicia. Otro tanto podemos decir de la esposa de Manuel García, de cuyo extrañamiento hemos de ocupar- nos con la debida extensión.

Con fecha 5 de Julio de 1889, el acreditado diario habanero La Lucha, publicaba la siguiente carta recibida por correo:

*'Sr. D. Antonio San Miguel, director del periódico La Lucha:

Desearía que se sirviese Vd. publicar en su digno pe- riódico lo que á continuación escribo: Habrá cerca de cua- tro años que fui preso en Santiago de las Vegas desde donde me remitieron á la Habana y de allí á Matanzas, porque suponían que fuese yo uno de los que tomaron parte en el secuestro del niño de D. Damián Riera, en es- ta última ciudad , así como también se me acusaba del asalto del cuartel y del robo de la Cumbre, cosa que ja- más soñé y menos en compañía de mi hermano, que éste no hubiera consentido semejante cosa, aún cuando yo hubiera deseado tomar parte en tales expediciones.

40 MANUEL GARCÍA

Estuvo preso dieciocho meses y pasó muchos traba- jos sin tener culpa, como lo prueba el haber salido en li- bertad por todo lo que se me acusaba.

Ahora bien, el día 22 de este mes, con casualidad, vi en la Gaceta un edicto por el cual estaba requisitoriado desde el 15 de Noviembre del 88 por los mismos delitos que se me habían imputado. —Me sorprendí y me puse alerta y el día 23 por la tarde vi venir cinco guardias en dirección al potrero y me marché al momento, á ver si podía saber de mi hermano, contarle lo que me pasaba y caso de que no quisiera tenerme á sk, lado^ buscar yo gente y caminar solo^ pues ya veo que la justicia no quiere que yo esté tranquilo; pero vi á hermano y éste aprobó mi marcha y mi resolución y que si me quieren capturar que sea á la fuerza. Hoy, pues, día 28 me he unido á mi her- mano y estoy resuelto á perder la vida antes que me pon- gan preso injustamente. ¡El Gobierno es quien lo quiere así, no soy yo quien deseo esta vida tan cercada de in- tranquilidades y peligros."

Vicente García.

La relativa corrección así como la fuerza de lógica de esta carta, demuestran ante todo, que no ha sido pensada ni escrita por un pobre guajiro. No faltan, por lo tanto, secretarios buenos al bandolerismo, como no han falta- do médicos, según se verá en el curso de esta obra, ni faltarán abogados asimismo.

Por de pronto, Vicente García está en el bandolerismo, por efecto de la persecución mal dirigida. Si era peligro- so, ¿por qué se le puso en libertad? Si era inocente, ¿por qué se le acosaba? ¿por ser solamente hermano de un famoso bandolero? Eso no es una razón ni lo fué nunca.

Por lo demás, que Vicente no era un santo, ni mu-

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su VIDA Y SOS HECHOS 41

cho menos, lo demuestra esa decisión suya, de buscar gente para caminar solo, así como lo alerta que estaba pa- ra divisar la Guardia Civil y la facilidad con que encontró al Rey de los Campos. Poro todo ello no obsta para que creamos firmemente que la persecución irracional, ha da- do más bandidos a Manuel García que su prestigio y su ascendiente sobre el habitante de nuestros campos.

Pero volvamos al secuestrado Sp. Sardina, internado en el campamento ile Manuel García y descansando de las dos largas jornadas que parecieron eternas á la pobre víc- tima, a quien no se ocultaban los peligros corridos, sa- biendo que la fuerza pública no deja de atacar á los ban- doleros, aún cuando sepa que va entre ellos un secuestrado.

El Sr. Sardina, al serle quitada la venda de los ojos, pudo formar juicio exacto del cuartel general de Manuel García, apreciar las costumbres de aquellas gentes y lo que es peor, persuadirse, si no lo estaba ya, de que todas las fuerzas en movimiento entonces, serían impotentes para ir á arrancarle á aquella guarida, abierta en lo más abrupto y recóndito de la sierra de Madruga.

Estaban en un alto escampado, dentro de un monte inaccesible, de trabajosísima subida, limitado por un rum- bo de cenagosas lagunas, de suelo desigual y pedregoso, y por lo vistí), considerablemente alejado de todo centro do población y de toda vivienda humana, cuando a los aguzados oídos del Sr. Sardina no llegaba ni el eco perdi- do de un pitazo de ferrocarril, de la campana de una igle- sia, ni siquiera el lejano canto de un gallo. El secuestrado se preguntaba cuantas leguas habían recorrido desde su salida de Nueva Paz, en quó dirección, qué harían sus fa- miliares, conocida la noticia de su cautiverio, hacia don- de operarían las f uerz.is puestas en su seguimiento y de vez en cuando venía á intranquilizarle la idea de que se difi- cultaran las {gestiones de los bandidos para conseguir su

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rescato, de quo entre ellos y su familia se interpasiera la fuerza pública y lo que era peor, se activara el ojeo de los bandoleros por parte de la policía poniendo en peligro su ya amenazada existencia.

El Sr. Sardina era vigilado severamente por dos ban- didos, mientras tanto el resto de la banda efectuaba sus expediciones, de las que jamás tuvo noticia, porque los , bandoleros hablaban siempre en voz baja y se apartaban ó emboscaban en la manigua para arreglar sus negocios.

En aquel escampado y sujetas á los árboles, se veían las hamacas de la banda. A la del Sr. Sardina le coloca- ron un techo de hule para resguardarle del rocío de la no- che y sobre todo del de la madrugada que en este pats es muy copioso.

Desde el primer momento, notó el secuestrado la au- sencia do algunos bandidos del campamento. Después supo que dos ae enfermaron en la -segunda jornada, uno de ellos á consecuencia de haberse dado nn golpe al sal- tar un foso. Et caballo, que era de una gran condición, quedó muerto en el acto por habérsele atravesado una es- taca en el vientre.

De los seis secuestradores que dieron el golpe de mano, tres acompañaban casi constantemente al Sr. Sar* diña, le servían á sus horas la comida, en platos de porce- lana, le trataban del mejor modo posible pero hablaban poco con él y evitaban contestar á las preguntas que les dirigía acerca de las negociaciones de su libertad.

Ya so verá do arreglar eso respondían siempre como dando á entender que la decisión en todos loa asun- tos pertenecía al jefe.

Solo en una ocasión, durante su corto cautiverio (cinco días) mostráronse comunicativos loa bandoleros de- lante del secuestrado. Fué con motivo de la activa y enérgica aún que poco fructuosa campaña del inteligente

su VIDA Y SUS HECHOS 43

general Salamanca contra el bandolerismo. La captara (le los Machín, do Ensebio Moreno Suárez, Alemán, y otros foragidos, efectuada bajo el honrado mando del in- fortunado general, hicieron concebir á éste la esperanza de que muy pronto concluiría en Cuba la plaga del se- cuestro, razón por la cual dijo en Manzanillo, públicamen- te: el bandolerismo ha concluido en Cuba. Tal vez si la muerte no lo hubiera sorprendido traidoramente, tan inte- ligente gobernante, lleno de fe y de buena voluntad viera coronados del mejor éxito sus propósitos. La suerte no lo quiso asi, con perjuicio de este país, al cual si llegó ines- peradamente, sin embargo supo ver claro desde el mismo día de su llegada, entronizando una era de moralidad y de orden en todos los asuntos, que presagiaba un hermoso resultado para el porvenir.

Pues bien, á cerca de la frase del general, asegura- ban los bandidos ante el Sr. Sardina, que ellos estaban dispuestos á probar lo contrario. Y á propósito del tema tuvo ocasión de conocer el secuestrado el espíritu de aque- llas gentes fuera de la ley, que confesaban estar hastia- dos de su vida, pero que perseveraban en ella por la nece- sidad; porque sabían muy bien que si los capturaban ó si se presentaban no tendrían perdón y los llevarían al palo como á Machín.

En aquella ocasión fué cuando Vicente García, con- firmó la autenticidad de la carta que con su firma publicó La Lucha, agregando que él mismo la había escrito.

Desde el mismo día en que el Sr. Sardina fué secues- trado, se puso por Manuel García, sobre el tapete la cues- tión de rescate, en el cual no pudo influir gran cosa el capturado, porque Manuel García en persona escribió la carta á D. Juan Bautista Sardina, hijo del secuestrado, pidiendo como rescate de su señor padre la bárbara can- tidad de doce mil pesos, casi tanto como recibió Maravilla,

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por el rescate del Excmo. Sr. D. Antonio de Gallndez y Aldama, opulento capitalista matancero, que entregó cua- renta mil pesos en billetes'.

. El Sr. Sardina, sobre el cual cayó aquella infame exi- gencia como una losa de plomo, persuadido como estaba de no contar con tanto numerario, no pudo menos de pro- testar, pero Manuel García respondió que su vida y la de su gente costaba carísima, cuatro veces más, (son sus pa- labras) que la de cualquiera persona acomodada. Con ello daba á entender el Rey de los Campos^ lo que le cobran sus honrados proveedores de los pueblos, por los efectos que le suministran.

Porque el lector, si no lo sabe, debe saber que no faltan comerciantes que comercian con el bandolerismo. No hace mucho tiempo, un alcalde de la provincia de Ma- tanzas, tan valiente como celoso, salió con alguna fuerza, á perseguir unos bandoleros que tenían asolado el término. No tardó en caer sobre ellos y uno de los secuestradores, en la huida, dejó caer un saco lleno de provisiones recién compradas. Dentro del saco so encontró la libreta do las provisiones. Aquel honradísimo industrial cuyo nombre no debiera darse al olvido, llevaba cuenta corriente d os bandoleros. ¿Puede pedirse mayor patriotismo? Lo que falta saber aquí, es el módico interés, que cobraba al ban- dolerismo ese aprovechado hijo de Mercurio.

El Sr. Sardina oyó entonces de boca de Manuel Gar- cía, la enérgica declaración, de que, su vida dependía del primer tiro que se oyese en una emboscada, porque esta- ban dispuestos á sacrificarlo sin compasión antes de que se les escapase de entre las manos, como sucedió con don Manuel Martínez Alonso, del Aguacate.

También dijo el El Rey de los Campos, que estaba ha- ciendo gestiones para ser indultado con toda su partida. Que los hacendados tendrían que conseguir ese indulto, ó

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de lo contrario, convertiría en cenizas los cañaverales y veríamos entonces quien perdía más.

La amenaza no llegó á realizarse y es preciso atri- buirla al carácter altivo y jactancioso de Manuel García, quien cree á pies juntos en lo efectivo de su reinado, cuan- do muy recientemente terminaba de este modo una de sus incultas cartas: El Rey de los Campos y casi de toda la Isla. La alimentación del Sr. Sardina, no fué mala aún cuando un poco cara. Consistía en buena carne de puer- co, pollos asados, salchichón, conservas de carnes y frutas y excelente café, siempre al fuego para brindárselo á la menor indicación. Como es tradicional, iio se ponía vino en la .mesa. Los bandidos mostrábanse deferentes con el secuestrado pero no lo perdían do vista un solo instante ni aun para hacer las necesidades más urgentes.

En la tarde del 8, desapareció del campamento Ma- nuel García, portador de la carta de rescate escrita por él y firmada por el Sr. Sardina. En ella se pedían con toda suerte de amenazas, doce mil pesos en oro, añadiendo las necesarias instrucciones á cerca de como había de ser en- tregada la cantidad, el día, hora, y demás circunstancias- Antes de decir la fácil y cómoda manera cómo con- siguió el Rey de los Campos realizar el negocio, bueno se- rá hacer mención de la impresión hondísima que causó en todo el mundo el secuestro del Sr. Sardina y aún más en el palacio de la Plaza de Armas, donde reinaba la ma- yor actividad, para que por ningún medio humano pudie- ra tener acceso á los poblados el emisario de Manuel García.

Precisamente en aquellos días estaba organizándose un nuevo sistema de persecución dirigido por el bizarro general Sr. Lachambre. Nos referimos á los somatenes, que si tuvieron excelente éxito en España no podían ob- tener en este país más que un ruidoso fracaso.

4C UAKUEL OARCÍA

Pero todas las energías y la actividad pasmosa que se imprimió entonces á la persecución, no lograron ináa que hacer resaltar la astucia de Manuel García, demos- trando á la vez lo bien montado de su espionaje.

En la mañana del 9, esto es, á los dos días del secues- tro el Sr. D. Juan Bautista Sardina, hijo del secuestrado, recibió en la calle de Teniente Rey de la Habana la carta de Manuel García. El (lía 10 salió para Nueva Paz, levantó cuanto numerario le fué posible para consegair la libertad del autor de sus días y se dirigió á Matanzas. Sin haber evacuado la comisión r^resó á la Habana y de esta ca- pital salió para Batabanó, donde compró, según unos, j alquiló según otros, un cuballo, encaminándose á cierto lu<'ar designado en la carta. Allí, á despecho de la perse- cución y de la policía esperaba Manuel García el precio del rescate.

Negóse en un principio & aceptar los tres mil y qui- nientos pesos, alegando que no habia negocio y que podía irse á rogar por su padre el infeliz hijo, pero al íin, en fuerza de súplicas ó lo que es más probable, deseoso de terminar tan peligroso asunto, cogió el dinero y desapare- ció de la vista del Sr. Juan Bautista Sardina prometiéndo- le que muy pronto vería á. su padre.

Puede calcularse el regocijo que experimentaría el cautivo, al serle notificado que iban á emprender viaje dentro de pocas horas. Como no se le dijo el importe de la cantidad recibida, devanábase los sesos para explicarse tan rápido y feliz desenlace. Al cabo lo supo y se felici- tó de que no hubiera sido sacrificado el pors'enir- de sus hijos, con la entrega de los doce mil pesos.

Como á las tres de la tarde del día 12 y después de ser curiosamente afeitado por Montolongo, el segundo de Manuel García, que dijo al empezar la operación: Ya que le hemos afeitado el bolsillo, bueno es que le afeitemos tam-

aU VIDA Y sus HECHOS 47

6/¿?i Za cara, seguido de la parada que lo secuestró y con los ojos vendados, caminó á caballo cerca de una hora el Sr. Sardina encontrándose de pronto y sin venda al lado de la vía férrea entre las estaciones de Guara y Melena, pero más cerca de la segunda. Allí los bandidos indica- ron el itinerario que debía seguir para llegar á Melena, entregándole Manuel García un centén para los gastos del viaje, no sin advertirle que eni aquel dinero producto de una suscripción entre ellos. Luego se perdieron en el mon- te quedando en completa libertad el señor Sardina quien después de haber vagado sin rumbo encontró una pareja de la Guardia Civil que lo condujo al paradero do Melena del Sur, á donde llegó tan abatido y fatigado, que arro- jándose del caballo al suelo, permaneció allí tendido unos momentos. Después de algún descanso y socorrido con ro- pas por el Jefe de la Estación, tomó al día siguiente el tren para Nueva Paz, su residencia, llevando á la vez la calma y la alegría al seno de un hogar conturbado y lle- no de lágrimas. Creemos inútil agregar que este secuestro quedó como los anteriores impune. Sin embargo, paréce- nos que con los informes que circularon entonces por toda la prensa bien pudo haberse averiguado algo de utilidad para una fructuosa batida.

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VI

A secuestro por mes.— D. Manuel Hoyo.— Popularidad y prestigio de Manuel Oarcia.— Una victima del secuestro.— A un .cuarto de legua de las fuerzas— Semáforo del bandolerismo. -Otro ejército en movimiento. --Manuel García contumaz.— Dos mil setecien- tos pesos en oro.- Generosidad de los bandidos.— Los secuestra- dos en libertad siempre se encuentran con la ñierza pública.— Colosal audacia de Manuel García y su gente.

Si el crimen tiene su edad de oro^ el año 1889 fué la edad de oro del bandolerismo cubano. Los secuestros se sucedían con una frecuencia maravillosa, un éxito magní- fico y lina impunidad verdaderamente inexplicable. Sa- líamos á secuestro por mes y en muchos casos á secues- tro por quincena, lo cual demuestra que la persecución sería activa, la inteligencia puesta en acción, pasmosa, pero los resultados desconsoladores cual mudo testimo- nio de lo bien montado del organismo criminal y de lo pésimamente organizado de la persecución.

Y sin embargo existía una vastísima oficina en el Palacio de la Plaza de Armas, con jefes entendidos y bi- zarros al frente, con sumas cuantiosas á su disposición, con un verdadero ejército en operaciones; todo contra un

su VIDA Y 8ÜS HECHOS 49

bandido calificado de vulgar, jefe de una banda de doce ó trece hombres perdidos en el monte, con las cabezas pre- gonadas, con un enjambre de polizontes y de espías en su busca y la intranquilidad de la conciencia por pesadilla. La partida era desigual y cualquiera podría suponer que llevarían en ella la peor parte Manuel García y su gente. No sucedió así, desgraciadamente. En ese duelo á muer- te del crimen con la justicia, correspondió á aquel el triunfo, explicado constantemente por la vulgaridad de que el terreno, la naturaleza del país favorecen al bando- lero, como si éste pudiera subsistir ni siquiera meses, acorralado como una fiera en el interior de los montes. Pero no pudo nunca acorralársele, por el contrario, en- contró siempre franco el camino para sus depredaciones, dándose el caso, en este mismo secuestro que vamos á re- ferir, de que Manuel García y su gente hayan operado con toda suerte á un cuarto de legua de las tropas man- dadas por el general Lachambre, y hayan podido abrir impunemente, para acercarse á la vivienda del secuestra- do Sr. Hoyo, nada menos que cuarenta portillos en las cercas que se oponían á su paso.

Cuando habían caído encima de ta banda de Manuel García todo un ejército y una nube de celadores especiales, (cuya especialidad no cabe negar por los resultados obte- nidos) merced al escándalo producido en la opinión con el secuestro ruidoso de D. Pedro Sardina, Manuel García proyecta llevar á cabo el secuestro de D. Manuel Hoyo, allí mismo, en la jurisdicción de Nueva Paz, en el propio teatro de sus recientes fechorías, un mes escaso después de aquella que puso en su seguimiento las fuerzas del Gobierno.

A las diez y media de la noche del 4 de Septiembre de 1889 se presentó Manuel García acompañado de Do- mingo Montolongo, Sixto Valora, Gallo Sosa, Vicente

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50 MANUEL OAItCÍA

Garda y el mulato Plasencia, en la finca Josejila de la propiedad de D. Antonio Rodríguez, en compañía del cual habitaba entonces su cufiado D. Manuel Hoyo, llegado del pueblo de San Nicolás aquel mismo día á las ocho de la mañana. Por lo visto los bandoleros, recibieron el avi- so de su llegada en pocas horas, lo cual demuéstrala ac- tividad de BU espionaje.

La finca Josefita está situada ú media legua escasa de los Palos, marchando en dirección á Nueva Paz por el ca- mino real. Se halla rodeada por una cerca de maya y se entra en la hacienda por una talanquera. A los pocos pa- sos se encuentra la casa de vivienda, pequeño edificio do tabla y tejas con dos ventanas reducidas ó su frente. Un portal con baranda de hierro y madera, señala su entrada principal, con puerta amplia de dos hojas y ventana sin rejas, con simples postigos. Cerca de la casa se ven varios bohíos de jornaleros, casi contra la cerca de pina ya des- cripta, que separa los terrenos de Josefita de otras fincas.

Como ya hemos dicho, á las diez y media poco más ó menos, do la noche, el Sr. Rodríguez que ya se encon- traba acostado, al sentir pisadas de caballos dentro de la finca se levantó y abriendo la ventana del ala izquierda, preguntó enérgicamente quien era el que se permitía tur- bar el sosiego de su hacienda. El mulato Plasencia, á quien conocía el Sr. Rodríguez, se adelantó, sin echar pié á tierra, hasta cerca del portal y respondió:

Abre enseguida. Tenemos que hablarte.

Yo no abro á estas horas, dijo el Sr. Rodríguez disponiéndose á cerrar el postigo.

AbraVd. repuso Plasencia,— ó haremos que abra á tiros. Aquí está Manuel García.

El Sr. Rodríguez comprendió que toda resistencia había de ser por fuerza inútil. Así contestó al mulato Plasencia:

SU VIDA Y SUS HECHOS 51

Paes dile á Manuel García que se acerque él solo. Aquí le espero en la ventana. Luego veremos si abro.

Manuel García, que jamás sintió el menor recelo en el desempeño de su criminal oficio, so acercó á la ventana y después de dar las buenas noches al Sr. Rodríguez agregó :

Dése Vd. por perdido, Sr. Rodríguez, si no abre inmediatamente la puerta.

En tal situación, no cabía la duda. Manuel García os hombre que cumple lo que prometo y como los minu- tos son preciosos en tales instantes, de ofrecer resistencia el Sr. Rodríguez, hubiera entrado el bandolero con su gente á sangre y fuego.

Se abrió la puerta del fondo, situáronse Gallo Sosa y Sixto Valora en los puntos extratégicos y Manuel García, seguido de los tres bandidos restantes penetró en la casa.

Entonces se desarrolló allí una escena por demás in- teresante. El Sr. Rodríguez, que creyó venían por él, quedóse absorto al tener conocimiento de que Manuel García venía á secuestrar á su cuñado el Sr. Hoyo, cuya llegada á la finca no podía comprender cómo había llega- do á noticia de Manuel García con tanta rapidez.

Propúsole entonces entregar enseguida mil pesos en oro si dejaban á su cuñado. A la mañana siguiente le entregaría dicha cantidad en el punto señalado. Manuel García no quiso aceptar, tal vez por desconfianza de que andando en su persecución tanta fuerza, pudiera tenderle una celada el Sr. Rodríguez. Las súplicas fueron en va- no. El Sr. Hoyo, que dormía profundamente, fué desper- tado y penetró en la sala, bien ageno do la desgracia que le esperaba. Tampoco podía presumir como su llegada á la finca Josefita había sido participada á Manuel García en tan poco tiempo. Demostró la mayor entereza al saber la pretensión de los bandidos y se dispuso á seguirlos, pi-

52 MANUEL garcía

diendo le buscaran un caballo. Uno de los bandidos sa- lió para el potrero y á los pocos instantes llegó con un caballo, propiedad del 8r. Rodríguez, lo enjaezó rápida- mente y sin darle tiempo al secuestrado para despedirse de su cuñado, lo hizo montar, colocándole, ante la puerta de la vivienda, un pañuelo estrechamente ceñido sobre los ojos.

El Sr. D. Manuel Hoyo es natural de Canarias, (dice un documento que tenemos á la vista) de cincuenta años de edad y reside habitualmente en San Nicolás, calle del Conde Moré esquina á Avellaneda. Cuenta cuatro hijos tres varones y una hembra y posee dos fincas en el tér- mino municipal de Nueva Paz, llamada la una Dolores de cinco caballerías y la otra La Luz de trece. La pri- mera está situada en el caaiino de Pedroso y la segunda en el del Caimito. El Sr. Hoyo es poseedor además, de gran número de cabezas de ganado.

Su cuerpo es alto y delgado, usa bigote canoso y vis- te el traje de los campesinos. Tiene un carácter serio y reservado y todos los informes que ha suministrado á la prensa respecto de su cautiverio, se reducen á declarar que los bandidos le han tratado perfectamente.

El Sr. Hoyo puede considerarse como una verdadera víctima del bandolerismo, pues antes de su secuestro, le había secuestrado un hijo Manuel García, viéndose obli- gado á abonar por su rescate la suma de $3,000 en oro.

Antes de continuar ^el relato de este secuestró, uno de los que más efecto hicieron en la opinión, por la cir- cunstancia, ya apuntada, de hallarse en todo su vigor la persecución, debemos hacer una digresión corta con obje- to de explicar el raro fenómeno de que Manuel García se atreva á realizar un golpe de mano, con tal seguridad y aplomo, á un cuarto de legua de distancia de las fuerzas. Explican algunos este hecho, por la existencia de un com-

VIDA Y SUS HECHOS 53

pleto plan de señales establecido por el bandolerismo desde su aparición. Dícese que el semáforo por medio del cual se entiende el bandolero con los poblados, es la tendedera en que pone á secar el guajiro su ropa. Una sábana colocada de cierto modo, una camisa mangas abajo ó mangas arriba, unos pantalones blancos ú obscuros, sig- nifican dentro de la clave establecida, cerca hay tropas, se habla de una emboscada, no hay el menor cuidado, atraviesen el camino más abajo, más arriba, más tarde, á la noche, d prima noche, etc. etc. Este hecho que hemos oído referir como cierto á un excelente funcionario de policía, cesan- te (tal vez por ser demasiado excelente) somos los prime- ros en hacerlo público.

Desde el mismo instante en que el Sr. Hoyo salió en- tre sus perseguidores, Manuel García dirigiéndose al señor Rodríguez dijo:

Puede Vd. dar parte á la autoridad inmediata- mente.

Así lo hizo el Sr. Rodríguez, enviando un mozo al puesto de la Guardia Civil de Nueva Paz. A los pocos momentos, puede asegurarse sin pecar de exageración, que dos ó tres mil hombres recorrían una provincia en persecución de los secuestradores. Ello no fué obstáculo para que los bandoleros llegaran á su campamento y pu- sieran en juego los medios habituales para hacer efectivo el rescate que desde los primeros momentos fijó Manuel García en seis mil pesos en oro.

El Sr. Hoyo anduvo tres días en varias jornadas, has- ta llegar al cuartel general de los bandoleros,, el cual no reseñaremos por haberlo hecho al ocuparnos en el secues- tro del Sr. Sardina.

Tampoco hemos de extendemos aquí en el relato de las aventuras del Sr. Hoyo durante su cautiverio. El de todos los secuestrados es parecido. Dice una información

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54 MANUEL GARCÍA

de La Lucha que tenemos á la vista: "El Sr. Hoyo refiere que en los campamentos siempre anduvo suelto y que la hamaca donde descansaba y la manta con que se cubría eran nuevas.

Los bandidos tuvieron constantemente una exquisita vigilancia. No cocinaron en los campamentos: la comida la llevaban hecha desde otra parte á excepción del choco- late y del café que lo hacían donde quiera.

Las comidas se componían de sopa de fideos, viandas de todas clases y carne de puerco muy abundante. Tam- bién tenían cigarros y tabacos y hasta periódicos del día."

Encontrándose enfermo el Sr. Hoyo, fué objeto de las mayores atenciones por parte de los bandidos. El día 9, temprano, sin haber escrito el Sr, Hoyo carta alguna^ re- cibió Manuel García la suma de dos mil setecientos pe- sos en oro, disponiéndose por lo tanto, á poner en liber- tad al secuestrado.

El dinero fué entregado, sin inconveniente por una persona cuyo nombre se desconoce, en el río Mamposton, entre Catalina y Güines. Al obscurecer del mismo día, volvieron á vendar al Sr. Hoyo y emprendieron con él la marcha.

Al despedirse de los bandidos, dícese que este les manifestó que llevaba en el bolsillo un centén.

Guárdeselo para los gastos del camino respondió Manuel García.

No tardó el Sr. Hoyo en ser puesto en libertad y ¡caso extraño! él que había hecho jornadas de seis horas durante tres días, sin haber tropezado con la fuerza públi- ca, antes de haber andado un cuarto de legua, después de su rescate, ya había tropezado con una pareja de la Guar- dia Civil. Acompañado de ella, regresó á su casa á las cuatro de la madrugada, muy fatigado pero sin haber su- frido más quebranto que el de sus intereses.

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VII

La contribución durante la zafira.— Saqueo de la tienda ''El Jobo" y secuestro de su dueño el Sr. Campillo.— Veinticinco bandidos en campaña.— ¿Por qué no se deñenden los campesinos?— La finca "Batalla".— Secuestro del Sr. Pérez Calero.

Ya hemos dicho anteriormente que el bandolerismo explota dos recursos según la época del año en que ac- túa: el primero, durante la zafra, es la petición de dinero al hacendado con la amenaza de quemar sus campos de caña; el segundo, en tiempo muerto, es el secuestro, apro- vechando la presencia en las fincas de los hacendados que residen en ellas temporalmente para dirigir los trabajos industriales ó agrícolas. Por este medio, Manuel García tiene establecido un verdadero servicio de contribuciones y aunque alguno niegue el hecho por lo depresivo que resulta para el pueblo campesino, lo cierto es que muy pocos hacendados dejan de satisfacer al bandolerismo su contribución.

Desde el ruidoso secuestro del Sr. Hoyo, no vino otro hecho de ese género á herir lo opinión en todo el resto del año ni en el primer semestre del siguiente. Esta tran-

56 MANU£L GARCÍA

qiiilidad á que nadie estaba acostumbrado, hizo suponer que la partida de Manuel García se habría disuelto, reti- rándose sus principales individuos á cuarteles de invier- no en Cayo Hueso, punto obligado de residencia de cuan- to facineroso perseguido logra abandonar la Isla. Sin embargo, el bandido de reputación popular, á quien nadie pudo echarle la vista á pesar de la activa persecución en- tablada, no había disuelto su partida, preparándose, por el contrario, á dar un audaz golpe de mano, uno de los más brillantes en el género, como que se trataba de un doblo secuestro, realizado en dos distintos puntos y amenizado con los atractivos de asalto y saqueo, caracteres que no se habían manifestado hasta entonces en el ban- dolerismo.

Pero á nuestro juicio, Manuel García envalentonado con la suerte que venía protegiéndole, con la mala fortu- na que presidía todas las operaciones de la fuerza desti- nada á la persecución y con su creciente prestigio en el concepto popular, creyó que podía atreverse á todo sin mirar la ocasión, el lugar ni los peligros y de ahí que la temporal paralización de sus criminales trabajos hubiera sido interrumpida el 21 de Julio de 1890, con un doble secuestro en la provincia de la Habana y el saqueo vandá- lico de la tienda El Jobo, término de San Nicolás.

San Nicolás se halla situado á unos ochenta y cinco kilómetros de la capital, por la vía férrea y es, por decir- lo así, el teatro en que viene desenvolviéndose hace años la tragedia del bandolerismo. Por el plano que acompa- ña este capítulo, plano que corresponde á la zona invadi- da y recorrida á diario por Manuel García y los dos grupos en que se divide su banda, puede venirse en cono- cimiento de las distancias que recorren los bandidos en sus jornadas, su proximidad constante á las lomas de Madruga, sierra en cuyo corazón deben tener su cuartel

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su VIDA Y SUS HECHOS 57

general, y la orientación que corresponde á los hechos que venimos describiendo.

La tienda El Jobo no está situada en el mismo pue- blo de San Nicolás sino á las dos leguas y en un terreno tortuoso y quebrado como que de él parte un extremo de lo extrivación de la sierra de Madruga. El barrio del Jo- bo tiene cuatro veredas en cruz que conducen á las vegas Pipián, Cabrera y San Nicolás. En los cuatro ángulos se encuentran el ingenio San Rafael, la colonia El Güiro, la colonia Chdvez y por último, la tienda El Jobo en que van á desarrollarse los acontecimientos.

La tienda forma una esquina, es do sólida construc- ción, techada de teja y tiene siete puertas por cada calle, encerrando lo giros de bodega, panadería, locería, ferre- tería, 'zapatería y ropas. Es propiedad del Sr. D. Ma- nuel Campillo, natural de la montaña de Santander, de 50 años de edad, soltero y de salud delicada. Lleva más de treinta años trabajando en el comercio de San Nicolás y con una legítima reputación de hombre serio y honra- do goza del aprecio de sus convecinos por las dotes de cítrácter que posee.

La casa de la tienda El Jobo cerrábase siempre des- pués de la diez de la noche. El día que ocurrió el suceso que vamos á narrar, el Sr. Campillo hallábase en una de las puertas de su establecimiento que dan al camino de Cabrera, cuando uno de sus dependientes le señaló para el camino por donde cabalgaban nueve ginetes, al parecer Tiradores de Pizarro, y>ot el uniforme de rayadillo azul. Algunos venían vestidos de dril cazador, tela también usada por nuestros soldados.

El Sr. Campillo creyó fundadamente que se trataba de una guerrilla, con mayor razón siendo aquellos cami- nos á diario frecuentados por las fuerzas que actuaban contra el bandolerismo. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver-

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se de repente envaelio en un remolino de bandidos que se echaba sobre su hacienda, forzando muebles, robando efectos, haciendo abrir botellas de bebida, registrando los cajones y paseándose tras del mostrador de su estableci- miento cual si fuera terreno conquistado! Demasia- do pronto comprendió el Sr. Campillo que se trataba de la gavilla de Manuel García. Allí estaba dando órdenes, disponiendo de los bienes ágenos, mandando con imperio que se le enseñase el lugar donde se guardaba el dinero, imponiendo á todos su voluntad, con todas las puertas de la casa abiertas, con las luces encendidas, á pocos metros del puesto de la Guardia Civil, en una confluencia de ca- minos frecuentada, como ya hemos dicho, á diario por gue- rrillas y pelotones de soldados. Obraba sobre s^uro, pare- cía tener perfectamente contados los minutos que podían invertirse en la operación; por su orden iban haciéndose líos con lo robado, zapatos, comestibles, sombreros, mache- tes, tabacos y cigarros: aquello era un verdadero saqueo.

Manuel García tenía entonces á sus órdenes veinti- cinco hombres y todos ellos trabajaron en el asalto de la tienda El Jobo. Mientras tanto nueve hombres, unos á caballo y otro á pié guardaban todas las avenidas y vigi- laban la desembocadura de las veredas, los restantes di- vididos en dos grupos practicaban la rapiña ó hacían salir de los cuartos interiores á hombres, mujeres y niños, amenazándoles revólver en mano, con la muerte, si pre- tendían abandonar la tienda.

Pablo Gallardo (á) Escuela, agarrando por un brazo al encargado del establecimiento D. Emilio Campillo, sobrino del dueño y joven animoso y resuelto, le exigió la llave de la caja para apoderarse del numerario. Manuel García conversaba entre tanto, tranquilamente con el Sr. Campi- llo, inquiriendo de él los datos necesarios para sus fines ulteriores que luego conoceremos.

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En vano procuró el Sr. Campillo ocultar las cortas sumas que guardaba en casa. La carpeta fué destrozada, los cajones vaciados, la tienda entera revuelta para dar con el dinero que no parecía por parte alguna. Al fin en el dormitorio del dueño de la tienda El Jobo, después de destrozar á culatazos los muebles, descubrieron en el fondo de un baúl y en el interior do una caja de madera la suma de 700 pesos en oro y un reloj. Por cierto que alarmado el magnífico perro que guardaba aquella ala de la casa, empezó á ladrar desaforadamente, siendo degollado de un terrible machetazo por uno de los bandidos.

Pero aún faltaba la segunda parte del drama. Como si no hubiera sufrido bastante lesión en sus intereses el honrado comerciante, víctima de una gavilla de facinero- sos, allí donde la fuerza pública debiera garantizar los bienes del ciudadano, oyó con espanto de labios de Manuel García, que tenía que irse preparando para seguirle.

Terció el valiente sobrino del infeliz Campillo, alegan- do el delicado estado de salud de su tío, é invitando á Manuel García a que se llevase cuanto quisiera en cambio, pero en los cálculos del bandolero entraba, por lo visto, esprimir más considerablemente á su víctima, y delante Je todos aquellos vecinos atemorizados que tenían á raya con sus revólvers los bandidos, tuvo que montar á caballo el Sr. Campillo para seguir á sus verdugos. Como acabara en aquel instante de apearse frente á la tienda, ignorante de todo, el Sr. Agustín Díaz, tomaron su caballo los bando- leros, montaron en él al dueño de la tienda El Jobo y sin atarlo ni vendarlo, se prepararon á internarse en el monte.

Y aquí se nos ocurre preguntar: ¿No había en El Jobo quien pudiera dirigirse á escape al primer puesto de la Guardia Civil á llevar la noticia del vandálico hecho? ¿Acaso los bandoleros amarraron y aislaron á todos los vecinos del poblado? Seguramente que nó, pero frecuen-

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temente se en la historia del bandolerismo cabano, el hecho insólito de que todas las energfas y todas las volun- tades se paralicen á la presencia de Manuel García y su gente, registrándose casos en que hombres fornidos y valientes se han dejado atrepellar sin pretender la menor resistencia.

Manuel García, (y esto es una novedad pocas veces registrada) ordenó al sobrino del Sr. Campillo que no diera parte á las autoridades^ cuando el procedimiento suyo ha- bitual es recomendar con insolente insistencia, que den parte del hecho enseguida, cual si con ello quisiera de- mostrar el poco miedo que tiene á la persecución.

Encargó pues, Manuel García, que no se diera parte de lo ocurrido, agregando, que cuanto se hiciera en tal sentido vendría á perjudicar al Sr. Campillo.

Dejaron después, en libertad, á los vecinos de la tienda El Jobo y seccionándose en dos grupos la banda, uno, con el secuestrado siguió rumbo á San Nicolás y el otro se dirigió á Pipián.

Casi simultáneamente de verificarse el saqueo de la tienda El Jobo y el secuestro de su propietario el señor Campillo, un gríipo de la partida de Manuel García, (que en esta ocasión puso en pió de guerra á todas sus fuerzas) realizaba otro secuestro á pocos kilómetros de distancia del primero. Nos referimos al secuestro del Sr. D. Fer- nando Pérez y Calero, ciudadano americano, de 34 años de edad, soltero y dueño de la finca Batalla en el camino de San Nicolás frente al ingenio San Miguel del Jobo.

Dicha finca, dedicada al cultivo de caña, que muele en los ingenios cercanos, tiene una casa vivienda de tabla, teja y guano, con un pequeño jardín á su frente, cerrado por una reja de madera. Habitaban entonces dicha casa, el Sr. Fernando Pérez, D? Aurora Díaz, sus tres hijos y los padres de ésta, de avanzada edad.

VIDA Y SUS HECHOS 61

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Como á las ocho y media de la noche, hallándose ya acostados los moradores de la finca, resonaron en el silen- cio de la noche fuertes pisadas de caballos y al poco rato, hicieron su aparición ante la casa, cinco hombres montados y armados. Uno de ellos, Manuel García (que habiendo puesto en seguro asilo al secuestrado Sr. Campillo dirigía este nuevo secuestro) llamó en voz alta y al aparecer doña Aurora Díaz, le pr^nntó cortesmente por el Sr. Fernando Pérez.

La pobre señora, presintiendo el peligro que se cernía sobre ellos, respondió temblorosa:

D. Femando no está en casa.

Pero al ver que los bandidos, con toda calma, se preparaban á esperar la llegada del Sr. Pérez, se decidió á desportar á ésto, siguiéndole rápidamente tres de los ban- doleros, que penetraron antes que ella en el aposento.

Manuel García, que era uno de ellos, no saludó siquiera al dueño de la casa tan súbitamente despertado; lo único que hizo fué pedirle imperiosamente el rifle, añadiendo:

No vamos hacerte daño alguno.

Luego ordenó que sacaran fuera de la casa al Sr. Pé- rez sin atender á las súplicas y á las lágrimas de la con- turbada D? Aurora, ni á los ruegos de los ancianos, ni al llanto de los pobres niños.

Dícese que en esta ocasión Manuel García so sintió conmovido y apresuró todo los preparativos de marcha para evitar aquel espectáculo^

También aseguró á D? Aurora que nada desagrada- ble ocurriría al Sr. Pérez y en un raro arranque de caba- llerosa generosidad, devolvió á la llorosa señora el reloj que había quitado al Sr. Pérez. Esta actitud de Manuel García, como hemos dicho en otra ocasión, responde á su prurito de aparecer como un bandido generoso y delicado.

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62 MANUEL GARCÍA

Según confesión de los habitadores do la finca Batalla mientras tanto permanecieron los bandidos en la casa, no so oyó la menor palabra mal sonante ni la más pequeña interjección.

Con respecto á la hacienda del Sr. Pérez, no sufrió por entonces el menor quebranto, respetando los bandidos los efectos todos que tenían á la vista. Tal vez llegaban cansados del saqueo de la tienda El Jobo.

Manuel García y los suyos, abandonaron la casa lle- vándose al secuestrado por delante, y se dirigieron hacia los montes Guanamón. Cuéntase que para hacer creer á la fuerzas cercanas á quienes pudiera alarmar el trote de las cabalgaduras, que se trataba de una piara de ganado, á ratos dejaban oir los mujidos del toro.

A menos de quinientos metros del lugar del suceso, se encontraba el puesto de la Guardia Civil.

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VIII

El terror que inapira el Bey de los C&mpoa es absurdo.— Jactancia de Manael aarcia— dDóñde eatá el campamento de Manuel Oar- daP— La afición de éste á que se ocupen de él loa periódicos.— Hales que origina eaa publicidad.- Las influencias de los bandi- dos.—Besultado de una persecución & tontas y á locas.— Facili- dad con que Manuel GarciacobraloB rescates.— S. M. el bandido, billetero.

Antes de dar fiu al relato sucinto del doble secuestro realizado por la partida do Manuel García en la tienda El Jobo y en la finca Batalla, secuestro efectuado en pocas horas y en una misma noche, con una s^uridad y una audacia solo comparables á la fortuna que presidió en el delito, hemos de hacer algunas breves consideraciones, sugeridas por los hechos que venimos reseñando.

El temor que inspira el Rey de los Campos á los habi- tantes de los poblados en que lleva á efecto sus correrías, es grandísimo. Difícilmente encuentran las víctimas del bandolerismo persona dispuesta á tomar un caballo y llevar á la autoridad el parte del crimen cometido. Parece como que el campesino en la lucha entablada entre el

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bandolero y la justicia, reconoce tácitamente la superiori- dad del primero y teme más á su venganza que á toda clase de responsabilidades judiciales. Ese temor se ex- tiende aún con mayor fuerza debido á la impunidad que rodea las depredaciones del bandolerismo, la rara suerte con que este burla la más activa persecución, y el largo período de tiempo que lleva Manuel García ejerciendo su criminal oficio sin que haya perdido más que uno ó dos de sus secuaces, en tanto han muerto en el patíbulo ó ba- jo el plomo de la fuerza pública numerosos criminales que no pertenecían á su gavilla.

Y que el miedo cerval á las venganzas del audaz ban- dolero traspasa los límites de lo racional, lo demuestra el hecho de que hombres valientes, víctimas de la rapacidad d^l Rey de los Campos, no se han atrevido á medir con él sus fuerzas, no obstante poder hacerlo con probalidades de éxito. Más de una vez se ha dado el caso de presen- tarse en una finca Manuel García acompañado de tres ó cuatro de los suyos, y á pesar de existir allí fornidos jor- naleros y empleados, el bandido no ha encontrado la me- nor resistencia, ha hecho cuanto ha querido, se ha llevado cautivo al propietario á la vista de sus servidores, ha dado tiempo á que estos se rehicieran de la sorpresa in- tentando una defensa razonable y . . . . no la han hecho cual si de antemano supieran que iban á ser vencidos.

¿A qué obedece esto? No cabe suponer cobardía en nuestros campesinos ni mucho menos complicidad abso- luta, aunque relativa. Lo que ocurre, en nuestro con- cepto, es que la fuerza pública no representa suficiente garantía de seguridad para nuestros pueblos chicos, para esos grupos de bohíos aislado en el monte, por los que pasa, (no puede negarse) á cada momento una valiente pareja de la Guardia Civil ó una guerrilla montada, pero que permanecen después indefensos ante los desafueros

del bandolerismo. Esa convicción, indudablemente, < que ata de pies y manos al habitante de los campos ' intentar la defensa de su vida y hacienda, imponién una pasividad, un estoicismo que nosotros llamare complicidad relativa. Son cómplices por el temor venganza de Manuel García, temor desgraciadamente tificado por los hechos sanguinarios de quien despuéf haber macheteado á un infeliz, ha dejado sobre el c aún palpitante, un papel ensangrentado que d( Esto le ha pasado por chota.

Nos llevaría muy lejos estudiar esta fase de la rural en Cuba y justificados escrúpulos impiden apuntemos el medio de hacer fuerte al campesino co los desafueros del brigandaje. Tal vez al aconsejar se proporcionaran armas á nuestros guajiros, alguiei alzaría para gritarnos que eso envolvería otros peligro orden político. No lo negamos ni lo afirmamos, per cierto ea que cuando hacen falta armas, saben llegar lesamente. Pero no ahondemos el asunto: el día qu pueblo rural se convenza de que cinco hombres honra con la fuerza que les prestan el derecho y la justa íe nación, son más fuertes que cinco desalmados fuera ( ley, aquel día el bandolerismo será más cauto en pre tarae en una finca, depondrá todas sus arrogancias comete desafueros, no revestirán los caracteres de gr dad é insolencia que afectan los hechos relatados en c tulos anteriores y en los venideros de esta obra, más i lites aún.

La fuerza pública necesita de la cooperación campesino para que su labor sea fructífera. Si al así una finca Manuel García, los hombres no se echan temblar si no que lo recibieran á tiros, la persecu daría grandísimos resultados, ya porque el bandc caminaría con pies de plomo en sus asaltos, ya porqut

fuerzas cercanas á la finca donde se sintieran los tiros, atraídas por el fragor de las descargas caerían sobre los asaltantes cogidos entre dos fuegos. Se nos dirá que el campesino es pobre y no puede adquirir un rifle. Adquié- ralo el propietario, casi siempre sacrificado por el bandolero y saldrá mejor librado.

De la actual situación, (como ya creemos haber dicho) dimanan la seguridad, la audacia, el valor temerario y la jactancia de Manuel García y su gente. Prueba de ello es que el Rey de los Campos, al realizar el secuestro del señor Campillo y antes de ir hacia la finca Batalla á efectuar el de D. Femando Pérez, dejó en la tienda la siguiente mi- siva, ordenando fuera entregada á la autoridad : «A la Guardia Civil.

El Rey de los Campos de Cuba á estos señores los se- cuestra porque les ha pedido dinero y no se lo kan dado y conmigo no se juega.

Manuel Garda.»

Al recibir el alcalde do barrio del Jobo dicha original carta, no encontró en todo el vecindario quien se atreviera á llevarla al cercano puesto de la Guardia Civil ni el mis- mo funcionario creyó conveniente tomar un caballo y Uevar en persona la noticia, por cuya causa fué suspendido en el ejercicio de su cargo. Claro está que Manuel García de sobra conocía ese temor del campesino y lo utilizaba en su beneficio, naciendo de ahí su jactancia y la seguridad con que sus golpes.

La persecución entablada desde que se conoció el doble secuestro de la noche del 7 de Junio no dio resulta- dos satisfactorios. Fué el eterno ir y venir de trepas, el constante telefonear con autoridades civiles y militares, la ocupación militar de toda la zona, pero en modo alguno el establecimiento de un plan concreto, el pago de una con-

su VIDA Y 8U9

fidencia valiosa, (particular de que habremos de ocuparnos en breve)^la inquisición del sitio probable en que pudiera estar situado el campamento fijo del bandolerismo, para lo cual se poseían precioLíos datos desde el secuestro del Sr. Sardina.

No cabe dudar un instante que los campamentos sor- prendidos por las tropas en algunos parajes, no eran el cuartel general do Manuel García, si no simplemente apea- deros de circunstancias, como puntos estratégicos para el descanso de las jornadas y el recibo de las confi- dencias ó los víveres. Casi puede afirmarse que el campa- mento propiamente dicho estaba entonces próximo á la costa, en la jurisdicción de Melena del Sur y no muy lejos de Nueva Paz, como lo demuestra el hecho de que loe secuestrados .Sardina y Hoyo, no hayan invertido más de una hora, al ser puestos on libertad, en encontrarse en ur paradero do la línea. Tambión apoya esta creencia un date interesante que hemos notado en la historia de algunos secuestros, y es que un secuestrado en San Nicolás, poi ejemplo, lo mismo tardó en ser puesto libre cerca del Em- palme, que otro secuestrado en el Aguacate en ser puestc en Melena del Sur. Con bien poco conocimiento del terre- no, podría, en nuestra opinión, señalarse el punto do la Sierra de Madruga en que tiene su más formidable guarida la banda del Rey de los Campos. Pero sobre esto nuncs se le ocurrió escribir nada á los periódicos al Rey de la Campos, tan aficionado á la publicidad y tan seguro de nc ser molestado en su retiro. Ya puede colegirse el por que no lo habrá hecho, reduciendo sus jactancias á anunciar una que otra vez, sus golpes de mano, á justificar su con- ducta y á desafiar desde el monte la persecmdón y bur- larse de ella.

Que todo esto redunda en desprestigio de las autori- dades y contribuye á rodear á un vulgarísimo bandido de

HAKUEL QASCÍA

tmósfera de grandeza verdaderamente deplorable, está, pero es el caso que Manuel García echa mano curso de dirigirse á la prensa con más frecuencia de [Veniente y hasta ahora no han podido averiguarse los )s ocultos de que dispone ese bandolero para que sus ; lleguen sin novedad al punto de sa destino. Tal )nsisto en que tiene amigos en todas partes y aún is valiosos é influyentes, según vamos á demostrar. )urante el corto cautiverio délos Sres. Pérez y Cam- Manuel García tuvo ocasión de exponer concreta- i su modo de pensar á sus obligados huéspedes. En írmación que hizo La Lucha acerca de ese doble se- •o, decía por boca de unos de sus reporters: «Ase- an todos los bandidos que cada uno de ellos tenía ersona de representación social que, en caso de in- •seles, los admitiría en sus fincas á trabajar y garan- i su conducta y que si tal cosa obtenían no solo i hombres honrados sino que impedirían que se tur- a tranquilidad en los campos.» j6gico es presumir que las personas de represonta- jocial que garantizaran á los bandidos indultados, I por el estilo do aquellas quo años anteriores facili-

la salida de esos mismos facinerosos para Cayo ), do donde tornaron cuando lo creyeron convenion- la garantía por lo tanto, es peregrina y no estaría de ue fuera á su vez garantizada por otra más seria, iparte de que reñiría con todas las leyes divinas y ñas el indulto de bandidos sanguinarios y empeder-

cuando han muerto en garrote vil tantos desdicha- olo por haber cometido un secuestro y ain contar . menor homicidio ni asesinato en toda su vida, ''olviendo al doble secuestro de los Sres. Pérez y illo, diremos para abreviar, (puesto que todos los se- ■03 se parecen) que después de haber satisfecho por

VIDA Y SUS HECB08 69

rescate tres mil y ««7 pesos en oro respectivamenti iron puestos en libertad, á las diez de la noche del 2t isimamente, mediante una jornada de cinco horas afcrf lando monte y saltando cercas, Manuel García, Sixt lera, Pedro Palenzuela y Víctor Ornz acompañaron

secuestrados (no sin haberlos vendado antes) hast íamino real á dos leguas de San Nicolás. Al dejarle res, les encargaron no se quitasen la venda en alganc lutos. Así lo hicieron y á las once de la noche d( >mo día 26, penetraban los Sres. Campillo y Pérez e ; respectivos hogares.

Entre tanto agitábans» las tropas en todas direccic I, tratando de descubrir las huellas de los secuestradc , que estaban tranquilamente en su escondido campa nto esperando el resultado de su operación. Aún mai contento Manuel García con lo hecho, anunciaba e i carta á La Lucha su propósito de descarrilar trene mercancías y de pasaje de la línea de Villanueva, po aerse negado el administrador de la Empresa á entre le la suma de quince mil pesos en oto, amenaza que n en cumplir, como veremos más adelante, sin qu ra un obstáculo á su fechoría la presencia de multitu fuerza sobre las líneas férreas y en todos los paradero Villanueva y Bahía, sin contar las numerosas guerrilla infantería que pateaban los montes, las emboscadas e itos estratégicos y la policía especial y no especial qu altaba la Habana sobre la zona de Matanzas y aquell vincia frecuentada por las partidas de bandoleros.

Nada pudo impedir, sin embargo, las operaciones d nuel García y sus emisarios para conseguir el rescate d señores Campillo y Pórez. El mulato Plasencia y Vi te García, comisionados al efecto, llegaron al campa nto el 26 á las 7 de la mañana sin haber tenido el 3ro encuentro con la fuerza pública, como quiení

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70 MANUEL GARCÍA

están acostumbrados á deslizarse junto á ella todos los días á todas horas, sin exposición siquiera, con verdadera seguridad.

Causa asombro la fácil manera con que Manuel Gar- cía ha hecho efectivos todos los rescates, sin detener muchos días al secuestrado, sin alardes de crueldad y lo lo que es más raro, sin haberse dejado sorprender una so- la vez en esas operaciones. ^A propósito de esto, dice el rumor público que Manuel García y alguno de su partida, tienen la facultad de disfrazarse según les conviene, ha- biendo debido más de una vez su salvación á ese recurso. En el campamento deben poseer los útiles necesarios para esas metamorfosis que el pueblo sencillo relata con los mayores extremos.

Cuéntase que en la línea de Madruga ó muy cerca de ella vióse sorprendido un día el Rey de los Campos, muy de cerca por una guerrilla que á buen trote le venía enci- ma, Manuel García penetró en el monte, escondió caballo y armamento, se arregló la cara con unas patillas á la is- leña y desenvolviendo algunos billetes de lotería y desen- vainando unas enormes tijeras, se lanzó al camino prego- nando con una propiedad maravillosa: El que va á salir.

La fuerza pasó por su lado, saludó el billetero muy cumplido, siguió pregonando con voz estentórea su mer- cancía en aquellas soledades, y . . . . la guerrilla desapa- reció bien agena de suponer que aquel billetero patilludo era el temido y audaz bandolero Manuel García, el mis- mísimo Rey de los Campos de Cuba que paseaba de incógnito.

Manuel García, pasado el peligro, volvió á tomar sus armas, montó á caballo y cuando al ruido de sus cascos volvieron los soldados la cabeza, raudo como el viento cruzó á trescientos pasos de ellos el bandolero riéndose de su bien desempeñada farsa.

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BV VIDA Y SU8 HECHOS 71

Nosotros no aseveramos la certeza del hecho, pert dada la torpeza que se ha venido demostrando en la per secación los errores cometidos, los atrevimientos de est gente fuera de la ley y la fortuna que hasta ahora hf acompañado al audaz bandolero, no es inverosímil ese pa 80 do comedia, antes por el contrario muy natural j creíble. Cosas más sorprendentes nos tiene reservadas e porvenir; algunas tan raras, tan peregrinas que si no hu bieran ocurrido á la faz de un pueblo entero, las creería mos sacadas de un folletín francés. Pero bien cierto ei que no hay novela que supere á la realidad.

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Nueva fase del bandolerismo. —Otra carta á "La Lucha".— Después de robados cerrojos.— Manuel García en música.— En el ki- lómetro 99.- -Asesinato de un leñador.— Con el velocípedo al monte.— Levantamiento de un rail.— ¡Fuego!— Indignación de Manuel García.- Dos cartas más.— Mayol y Cruz.— Impresión pública. —Comentarios.

El escándalo producido por los frecuentes secuestros perpetrados por la partida del Rey de los Campos, con ser enorme, necesitaba de un atentado más odioso y más in- solente, también, para colmar la medida do la indignación pública contra sus autores y la desconfianza en los recur- sos puestos en práctica por las autoridades.

Con ser el secuestro aborrecible, puesto que lleva el luto y las lágrimas al seno de un hogar antes dichoso, no tiene los caracteres horribles de un atentado contra la vida de muchos ciudadanos inofensivos, de muchos em- pleados que se ganan el pan de sus familias con mil priva- ciones. Y este horrible atentado fué puesto en práctica en este país por Manuel García, envalentonado por la

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su VIDA Y SUS HECHOS 7

impunidad que había cubierto sus anteriores hazañas, una nueva fase en que entró el bandolerismo cubano, S' cíente por si sola para demostrar la importancia alcanzi por esa plaga social en los últimos cinco años.

El día 8 de Abril de 1890, recibió en bq buzón el pular periódico habanero La Lucha la siguiente carta, ( publicó en sus columnas y que reproducimos aquí con misma ortografía.

«Sr. Director de La Lucha.

muy señor mió desearía que publicara estas línias su dinno periódico para que mañana no se me calunie infame

Con esta fecha le escribo la tersera y última Cartí señor Ximeno almínistrador de la enpresa de Billa nu pidiéndole á la empresa de Billa nueva 15000 pesos y que si de áqui al dia 15 de este no que la enpresí dispuesta á darme dicha cantidad en piezo á des-ca: lar trenes de carga y de pasajeros y para que no se > jen y ablen los periodistas lo pongo en su eonocimiei

Manuel García el Reí de los campos y casi que de toda la Ysla de cub

Abril 7 de 1895.»

El Sr. Ximeno hizo entrega de las cartas á que al la anterior, á la autoridiid, pero es de colegir, que nt dio asenso á las amenazas del Rey de los Campos, por ci que no sería capaz de poner en planta bus bárbaras pro; sas; de lo contrario, la vigilancia se hubiera redobladc las lineas, como se bízo después del atentado, cosa ] fectamente explicable y que encaja en el carácter nuestra raza. Después que los ladrones nos han dej en cueros, es cuando echamos de ver la necesidad de í gurar la puerta y de colocarle un par de cerrojos más.

Pero si las autoridades no prestaron gran atencíói

i UANUEL GARCÍA

idente, el público, en cambio, empezó á impresionarse 38 viajeros á viajar con temor, convencidos hasta la dencia de que Manuel García era muy capaz de hacer jue prometía, y lo que es aún peor, persuadidos de que ;pué3 de hacerlo seguiría campando por sus respetos. La popularidad del Rey de los Campos era por enton- inmensa. Baste decir que se sacó un danzón con bu nbre y que el pueblo cantaba, sin guardarse, antes por jontrario á grito pelado, versos de este tenor:

1' dice Manuel Garda Que si no le dan centenes

Que descarrila los trenes Y mata la policía. .

La prensa déla capital y de provincias dedicó sendos ¡culos al audaz bandolero, los planes y proyectos para ■le caza menudearon, el relato de sus fechorías formaba Dlato más sabroso de la curiosidad pública y los gastos la persecución subían que era una gloria.

En este estado las cosas, cinco días después del ae- istro de los Sres. Pérez y Campillo y cuando aún se lontraban estos en cautiverio, esto es, el día 25 de Junio 1890, ocurrió el hecho que vamos á relatar y que, no itante su importancia, no era más que el inicio de lo ) había de realizarse más tarde con asombro y escán- 0 de todo un pueblo.

Al amanecer de dicho día se hallaban internados en monte que colinda con la vía férrea de Villanueva, re los kilómetros 98 y 100, los bandidos Domingo ntolongo, Sixto Valera, Gallo Sosa, Víctor Cruz y An- io Mayol. Esperaban emboscados, la hora oportuna levantar un rail de la vía, según orden recibida de jefe.

En tal situación, divisaron un leñador que trabajaba

su VIDA Y ñVS HECHOS 70

cerca de ellos. Esto sobresaltó á Montolongo, porque si abandonaba aquel lugar el jornalero, podría dar parte de la presencia de aquellos hombres armados en el monte. Asi, 80 dirigió á él y después de preguntarle cuanto ga- naba cada día, le dijo:

Bueno: pues hoy no das un golpe más ni te mueves de aquí. Ahí tienes tres pesos.

Y le alargó un billete del Banco, de dicho valor.

El leñador soltó la herramienta de su oficio, pero sos- pechando algo de aquellos hombres ó acordándose de que había pertenecido al ejército (pues era licenciado) al vol- ver la cabeza el bandolero emprendió la fuga.

Advirtiólo Montolongo y poniendo á escape su caba- llo le dio alcance, lo derribó al suelo mortaimente herido de un machetazo y cogiéndolo después en brazos lo arro- jó al fondo de un pozo allí cercano. Su cadáver no fué descubierto hasta algunos meses después de hechas las averiguaciones para esclarecer su desaparición.

Véase aquí, por este hecho solamente, las razones que abonan nuestra afirmación de anteriores capítulos, respecto á que la complicidad del campesino, en el ban- dolerismo, obedece la mayor parte de las veces á un te- mor en muchos casos justificado. El infeliz jornalero, murió por no ser cómplice pasivo del crimen que iban á perpetrar los bandoleros.

Cerca del medio día, los bandidos que permanecían en emboscada, vieron venir en la cigüeña de la repara- ción, al celador reparador del Aguacate que recorría el tramo encomendado á su vigilancia. Al llegar al ki- lómetro 99, salieron de su escondrijo Montolongo y su gente y sin tener necesidad de extremar las amenazas, obligaron al reparador á cargar con la máquina y trasla- darse á la manigua, donde quedó bien guardado. Pron- to comprendió el pobre empleado, D. José Pérez (que así

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se llamaba) lo que pretendían los bandoleros y el fin que esperaba á los empleados y pasajeros del tren mixto, pró- ximo á llegar á aquel punto.

Desde el interior del monte, oía distintamente los golpes de martillo que descargaban sobre tornillos y mor- dazas y más tarde vio que aquellos desalmados desenvol- vían una larga soga, la amarraban sólidamente á la cabeza del rail desprendido y llevaban el. extremo de ella al ma- torral en que estaban agazapados los demás foragidos.

Según confesión del reparador cautivo, testigo forzo- so de la catástrofe que iba á ocurrrir, al dar el tren que hacía trepidar la vía, los primeros pitazos, se le saltaron las lágrimas y pensó: «AAí viene el tren: van á morirn.

Mientras tanto, el tren mixto número 25, que había salido de Madruga para la estación de Empalme á la una y 26 minutos de la tarde, llegaba á menos de trescientos metros de los bandoleros. El maquinista D. Inocencio Marcos, que era uno de los mejores maquinistas de la Empresa, notó desde luego la ligera desviación de la línea, apesar de no quebrar la recta en más de una pulgada. Llamó entonces al fogonero D. Manuel Franco para ver si era una falsa visión suya, pero éste confirmó su creencia de que estaba un rail partido, cosa que ocurre con frecuencia. Entonces aplicó la retranca de aire com- primido y pasó el tren á los pocos instantes, quedando la máquina, en sus ruedas delanteras, precisamente sobre el rail levantado.

En aquel mismo instante se oyó gritar en el límite del monte, situado á la derecha del convoy:

¡Viva Cuba libre! ¡Viva Manuel García!

¡Viva el Rey de los Campos de Cuba!

Eran los bandidos á las órdenes de Montolongo, quién echándose el rifle á la cara gritó:

¡Fuego!. . . .

au VIDA y f

Una descarga de cinco rifles, vomitó su lluvia de plo- mo sobre los carros y el alijo, agujereando el lado izquier- do del tren, por varios puntos, en toda su extensión. Después siguió un fuego graneado durante siete ú ocho minutos, todo el tiempo que estuvo detenido el convoy en la vía, hasta que ol conductor Sr. Quiñones, jugando el todo por el todo dio la orden al maquinista Sr. Marcos, de partir á toda velocidad, lo cual se efectuó con la rarí- sima fortuna de no descarrilar, caso que parecerá mila- groso teniendo en cuenta que el rail estaba levantado de cuajo sobre los polines. Tal vez hayase debido ese feliz desenlace á que pasando toda la máquina sobre el tercio medio de la línea, opuso completa resistencia á los es- fuerzos de los bandidos que tiraban de la soga.

Mientras duró el fuego, el personal del tren compues- to, como hemos dicho, del maquinista Sr. Marcos, del conductor Sr. F, Quiñones y del fogonero D. Manuel Fran- co Fernández, que no abandonó un solo momento su pues- to al lado del maquinista, procuraba atrincherarse tras de los carros, el alijo y la máquina, y los retranqueros recorrían el tren sin darse cuenta, (dice el reportage que tenemos á la vista) de lo que pasaba.

El tren número 25, llevaba pocos pasajeros: un Guar- dia Civil sin armas, un reparador de telégrafos del Gobier- no y el Contador de Correos Sr. Barceló.

El peligro corrido por el personal y pasaje no es preciso evidenciarlo, pues además de haber podido ser atravesados por las balas, de ocurrir un descarrilamiento su fin era inevitable, pues los criminaleá levantaron la vía, precisamente sobre la gran alcantarilla de hierro que cubre una cañada seca, en la que se hubiera hundido todo el convoy irremisiblemente á no tener la fortuna de pasar impunemente sobre el rail levantado. Manuel García, por otra parte, eligió para su infame atentado el punto

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más solitario de la vía, frente á los montes conocidos por Ciievaa de Sanabria, en medio de un espeso monto, impe- netrable á todas las miradas.

Dicese que el Rey de los Campos se indignó cuando supo lo ocurrido con el tren 25, porque sus órdenes fueron de descarrilar un tren de carga y no de pasaje. Además, consideró el hecho un fracaso, porque su objeto era que el tren quedase completamente destrozado para vengarse de la Empresa que le había negado la suma de 15,000 pesos en oro, pedidos. Las averías se redujeron á cinco afjujeros de bala en el coche mixto de lí" y 2°. El personal del tren rivalizó en valor, presencia de ánimo y fidelidad á la Em- presa por cuyo servicio estuvieron en iiuninente peligro de muerte.

El reparador, secuestrado todo el día en poder de los bandoleros, aprovechó la eonfasión para huir á todo el correr de sus piernas, no parando hasta Xenes, donde participó la noticia, haciendo además entrega de las dos cartas que vamos á copiar á continuación y que le fueron entregadas por Domingo Montolongo.

La primera estaba dirigida al Gobierno y al pueblo y decía así:

«Como no se nos ha concedido el indulto, mi segundo, Domingo Montolongo empozó la campaña con lo del Sar- gento do la Guardia Civil y nosotros la continuaremos como vais viendo.

A esos mamarrachos que salen á perseguirme con los Alcaldes y Guardia Civil, les pienso dar machete.

Vicente mi hermano, ha ido á buscar á Arturo Gar- cía y con alguna gente buena formará la partida de Vuel- ta Abajo donde hay que trabajar.

Ya me conocéis.

El Rey y dueño de los Campos de Cuba

Manuel Garda.»

su VIDA Y SUS HECHOS

La segunda carta iba dirigida al Si: Adminií del Ferrocarril y decía á la letra:

«Le he escrito hará dos meses pidiéndole 15,0 sos en oro y en lugar de mandarlos llevó la carta a] tan General.

Ahora quiero 20,000 pesos en oro y sino desea los trenes de carga y pasajeros. Ya empiezo ho quiere llevo esta carta también al General.

El Rey de los Campos de Cuba

Manuel Gar

Las anteriores cartas, dada su relativa correcci parecen escritas por Manuel García, sino por la mano que escribió la de Tícente García en la que n( pamos en el Capítulo V.

Es de notar que en el asalto del tren número 25 ron parte Antonio Mayol y Víctor Cruz, bandidc pertenecían al segundo grupo del Rey 4e los Campos dado por Santana. Tal vez Manuel García necesita gente para guardar á los secuestrados Pérez y Ca pidió á Santana esos dos individuos de refuerzo.

Antonio Mayol, hemos de encontrarlo tambit tarde en otros sucesos importantes.

Con la llegada del reparador á Xenes y más tar lo del tren número 25 á Madruga, cundió la noti hecho con la velocidad de un reguero de pólvor; Empresa del Ferrocarril envió al kilómetro 99 ur drilla de reparadores custodiada por Guardia Civil 3 Hería de Pizarro. Fuerzas de todas las armas é instit mando del valiente Capitán Sr. Jiménez á quien ac naba el intrépido Alcalde Municipal Sr. Torrens, si en persecución de los bandidos, situándose nun emboscadas, batiendo todos aquellos montes, trab

entusiasmo digno de buen éxito; pero in resultado alguno, ' su parte, la Empresa de los Ferrocar nto alarmada, puesto que iba á re n sus intereses, ya por virtud de veni< porque el número de pasajeros por si jor notablemente, pidió fuerza arraadí rantía de sus trenes, siendo complai ro, al extremo de verse algunas veces .ás militares que pasajeros que hubi te.

sde la Habana á Matanzas, por las lín meva, no se veían más que patrulla )S destacamentos, subidas y bajadas < enes y tittti cuanti; pero Manuel Garcl lar en aquellos días su cuartel genera impresión causada en los pueblos ru ro espanto. ¿Quién se atrevía ó, via en la capital de la isla, fué de esti iba á continuar aquello? Ya es hoi enérgicas medidas clamaban alguní Duados por tales hechos. ¡Medidas! ose desde el año 1879! Lo que se ec uu hombro por el estilo de Zugasti; i i esperándolo.

-~^4f^

JO del b&ndolerismo en esta época.- El mando del Oenera linchilla.— AotÍTldad de la perseonolón.— La prensa ñ-ancest Uanuel Oarola.— Nuevo atentado.— Incendio de la Eataciói I QaiTic&n.— Las súplicas de una madre.— Tarea de exterml o.— Otras dos cartas.— Un reto.— Lo que pensaba el pueblo.- 1 arma terrible. —Situación del hacendado.— Uq problema.

Señalóse el mando superior del general Chinchilla n esta época gobernaba la Isla, por un recrudecimien- a notable en el bandolerismo, que daba margen á loí vivos comentarios. Durante el año 1890, los atenía- le Manuel García ocurrían con frecuencia escandalosa, mero de secuestros llegó á, una cifra inverosímil y h .nidad más absoluta acompañó constantemente á Iñí ías del Rey de los Campos, ensoberbecido con su in- tibie superioridad sobre la fuerza publica. Recorriendo la prensa de entonces, aún aquella que u carácter sabe suavizar los ataques por no echar por i el principio de autoridad, no se encuentra otra cosa excitaciones á la misma para que pusiera coto a Bsmanes del bandolerismo. Periódico moderado hubo

MANUEL QARCa^

Le al despedir al gobernador genera ' en calificar su mando de desdichad jre esto decir que no so movieran rabajara la policía. Muy al eontrar lyor actividad la fuerza pública, peí 3 desperdició la actividad más eatt obedecía á un plan determinado, m imo en dÍ8tinta dirección y aurgiend inipetencia quo dividían la acción de 1 infructuosas todas sus operaciones 3 del asalto del tren número 25 que ] capítulo anterior, no se movió en alg t Campos, satisfecho sin duda con el : los Sres. Campillo y. Pérez y el bot ueo de la tienda El Jobo, ó tal vez iltimos hechos vandálicos, realizad licaran la actividad de la persecucii!

ico, sin embargo, que conocía por IB de Manuel García para la Empre í Unidos, exigencias á que ésta no iba el fundado temor de que el aud ía todas sus amenazas, repitiendo I< nes, originándose de esta creencia u pasajeros en las líneas de Madruga uo lograra borrar esta impresión el e hizo por la autoridad, a indicamos, los paraderos estaban amentos, instalados en wagones de ( Ls de la reparación; la vía estaba c las horas de fuerzas de caballería ó i trenes viajaban pelotones de soldaí íuardia Civil y gran número de fui jública ó disfrazada, llevaba órdenei

aU VIDA Y BUS HECH08

de nD pueblo á otro, ansioso do obtener 'un triunfo los bandidos.

las cosas, es decir, en plena actividad persegui- rino á ocurrir otro de los sucesos de más escanda- jsonancia en los ya escandalosos anales del bando-

0 cubano, confirmando los temores del público, ¡ando nuevos clamores de la prensa, y prestando ' popularidad, si esto era posible, y mayor prestigio az bandolero que con diez y seis ó diez y ocho fi)- s ponía en jaque é. todo un ejército y á las autori- de un país civilizado.

!asta Europa llego el eco de las hazañas del liey de impos ocupándose de ellas la prensa francesa, uno ros órganos más importantes escribía por entonces, bandolerismo cubano dejaba muy atrás al de Cala-

1 los tiempos de su mayor apogeo.

lecidido Manuel García á ejercitar su venganza con- , Empresa de los Ferrocarriles Unidos que había !CÍado sus amenazas y desatendido sus peticiones, reparando con la astucia que formó siempre la base carácter, un golpe de mano más que el anterior re- te y audaz y lo realizó en la noche del 30 de Junio )0, poco más de un mes después del levantamiento vía corea del Empalme.

la estación do Qaívicán, on la línea antigua de Vi- va, se encuentra á la distancia de media legua del ) de su nombre y como á una legaa escasa del pue- I San Felipe. El terreno on que está situado dicho 3ro, es llano y escampado y por aquellaépoca se en- iba recorrido á diario por fuerzas de todas las armas, ndo en los dos extremos, Quivicán y San Felipe, arzas destacadas.

¡8 un doble edificio de mampostería y teja, y deci- [oble, porque el almacén de carga y el despacho de

HANUEL GARCÍA

sidencia de los empleados. ' trecho. A la parte derech lara las operaciones del trá de la noche y cuando en s é de la estación se hallaba la casilla de pasajeros Man aces, montados en magnifíc , revólver y puñal, pos, después de llamar en le intimó que no hiciera ■que sería perfectamente ¡ni liaeerse aquí daño dijo s 3 jugar conmigo, y conmij

había oído las voces y sal tosa del jefe, la cual temei ñas en los ojos, pidió á Man ■dición de una familia que i

tampoco, señora, exclami tengo más que una palabr; aimoso, hizo penetrar á su 3 á oír las exigencias del b. parte de su gente en los pt i la-restante para que sacaí Táfieo y toda la documentt

rdenes en ser obedecidas t fectos frente á la casilla de lo de los bandidos aplicó u mentes é impresos, y pro: a que lo redujo todo á ceni gráficos fueron destrozadoi ' reducidos á pequeños fraj

8U VIDA Y SUS HECHOS 85

A la luz de la hoguera, adquiría proporciones fantásticas aquella escena de exterminio y destrucción.

Manuel García, hecho esto, hizo partir por delante, hacia el almacén de carga al consternado jefe de la esta- ción, ordenándole franqueara las puertas. Ya dentro del edificio, (que como hemos dicho ya, era de mamposteria) la gente de Manuel García, volviendo bultos y cajas, hizo separar todos los envases de petróleo, aguardiente, agua- rrás y otras materias inflamables, los hizo desfondar enseguida y ordenó fuera regado todo el edificio con aquellos líquidos. A los pocos instantes un volcán en ac- tividad señalaba en las tinieblas de la noche, á los pobla- dos vecinos el sitio en que se alzaba el almacén de la estación de Quivicán, entonces un cráter que cubría do resplandores el cielo.

Puede colegirse el espanto horrible que se habíra po- sesionado del corazón de aquella infeliz familia, entregada sin amparo en las manos criminales de una gavilla de fa- cinerosos. El jefe do la estación, contemplaba atónito aquella tarea salvaje sin poder evitar los estragos del in- cendio y viendo ya en perspectiva á su esposa y á sus tiernos hijos, pasar aquella noche á la intemperie, ante las cenizas de su hogar.

Su agonía subió do punto, al oir de labios de Manuel García que sacara sobre el muelle todos sus muebles, ro- pas y efectos, pues iba á incendiar, acto continuo, el otro edificio.

La pobre madre, loca de desesperación, suplicó al bandido anegada en llanto, que no privara do su albergue á aquellas infelices criaturas. No hay corazón por inhumano que sea y por duro que lo haya hecho el crimen que se re- sista á las lágrimas de una madre y al espantado asombro de unos pequeños seres asidos á su falda. Dicese que Manuel García no tuvo valor para resistir á aquellas lio-

Qte se di tar y ent s hicies •ador de las del j<

ampos Be 'ranquila .) sin que los momt órrea pa i hilos ttí , como i L su retir idio im| ) aquel lementoí

uel Garc ocarrilet Lie prime irde 20, C 1 de que scarrilai íes, »ÍD : 3 de la

jra un ja in raro d ü Chine}

loeió en '.aña de a las esf

8U VIDA Y allS HECHOS 87

lentaríos bien tristes á la prensa de todos los ma- otros aún más tristes al pueblo que, impresiona- naturaleza, empezó á conceder al Rey de los Campos i importancia en el problema del orden público, y maravilloso de cumplir cuanto prometía, quisieran ipedirlo los poderes públicos, tendencia incontrastable del pueblo latino, de ir todo cuanto signifique autoridad, tovo ocasión de }tarse en aquellos días, despertando una crítica san- de los actos de un gobierno que castigaba sávera- ioda complicidad con el bandolerismo pero que no zaba á la vez la seguridad de vidas y haciendas, locado Manuel García en tan propicio terreno para bon'as, bien pudo comprender que la amenaza en ios era un arma terrible y á ella apeló para cobrar estin ni resistencia las incalculables sumas que ha do durante los últimos años al hacendado hundi- la crisis económica y en situación verdaderamente irada.

1 preciso acceder á las exigencias del bandoleris- , indispensable congraciarse con Manuel García y tributario, para hacer la zafra sin contratiempo, indios en los campos de caña ni en las fincas, autor de esta obra, en sus viajes por las provin- la Habana y Matanzas, ha visto cien veces bajar , á un caballero, entre números de la Guardia Ci- 10 si fuera terrible criminal. Era un hacendado dirigía á. su finca custodiado por la fuerza pública. t duda no pagaba su contribución al Rey de los . Pero con ir tan guardado, no podía creerse se- A.8Í iba en un tiempo el Excmo. Sr. D. Antonio de iz y Aldama y un buen día .... pagó por su resca- iravilla la bárbara suma de mil onzas en oro ó sean a mil pesos en billetes.

■ANUEL QABCÍA

jue entonces pretendía ir seguro iciones: una al Estado y otra al endado podía caminar solo por mi nenor temor. Las fuerzas del R ^aban de que ningún pillete, usurp ro, comotiese con él una tropelía. a fácilmente las sumas de oro qu( al sacrificado contribuyente cuba x(ui surge forzosamente una pregí > capturado se le halló jamás en ion, ¿& donde iba á parar ese ton )caba en el campamento del Rey i

SIXTO VALEUA.

LA PARTIDA DK MAITDEL OABCIA, MUBRTO ES emboscada"]

S^" '•'^T^H^ksjf^r'- '''^^""(^

XI

ardia CItíI.— La fiaca "Batalla."— Guajiras elegantes.— Lob teriOB de un bohio.— una expedición.— El Alférez Hoig.— B fugitÍTOs. —Uq lugar eatratégíco.- Loa que do saben nada, jeo del monte. —Campamento descubierto.- Lema del bañ- ar ismo. —Tiroteo .—Comida para tres dias.--Quien se comió ajiaco."— Conducidos .—La opinión páblloa.

esde el día en que se perpetró el incendio de la os- de Quivicán, la persecución fué activísima, sobre or parte de la Guardia Civil, cuya misión ea la busca -ura de los criminales y que siempre dio mejor resul- ue las fuerzas de ejército, poco á propósito para el

areeíaeomo que el amor propio del benemérito cuer- eaba interesado en descubrir las huellas del Rey de los )s, dirigiendo á ese ñn no solamente las frecuentes cadas y los ojeos del monte en gran extensión sino smo las averiguaciones en los poblados y fincas, ien cerca de su objetivo estuvo la Guardia Civil, il día siguiente de la quema de la estación ya refe- üó descubierto un campamento de los bandidos y

íron á pique de caer en m éríiDOS á la sorpresa de '. A del bandolerismo y qn lombre en que fué secuest Femando Pérez, aún cuar mino municipal de San ]

ocupamos, dista solamei ira del municipio citado, m iballerías de tierra, casi en le jamás penetró el arado. 3Ío y estaba arrondada o )nzález, padre de tres pi 1 belleza en toda la comar i, la esposa del arrendafci 3S pardos y un moreno, lella posesión, que no tcr isas de tierra cultivada. i pesar de su aparente y t I relativas comodidades; i

fiestas elegantemente vcí taron el pobre bohío de . rieron ocasión de admirai lb tros parditas que escond

fondo de una manigua, irrado, no faltaban polvoi erfumeria escogida, disp( )5 cuerpos de finas toallas ( pt que se conllevan mal

unas guajiras, rculantes á cerca de estos nteresantcs que los mistt jaron la atención de !a ( ada estancia, especie de Ci

BU VIDA Y 8U8 HECBOS

No futí mal dirigida, por lo tanto, la expedición efec- tuada el día 1? de Agosto de 1890, á los dos días del in- cendio del paradero de Quivicán por Manuel García, expedición compuesta de once Guardias Civiles, cinco do infantería y seis de caballería, al mando del Alférez don Benito Roig, que saliendo como ú, las seis de la mañana de San Nicolás, se dirigió á la finca, procurando tomar atajos y veredas poco frecuentadas.

Constituían la posesión varios bohíos, que tenían á su frente, por la parte del camino, un gran escampado do terreno sin cultivar y otro sembrado de maíz, d su espalda una arboleda de naranjos que formaba dos calles hasta la manigua y un pequeño río, línea divisoria de los ténninoB de Güines y San Nicolás.

La patrulla de la benemérita institución, fué á de- sembocar rápidamente en el escampado, cuando el alférez Sr. Roig, divisó perfectamente á tres hombres, que pro- curando ocultarse tras del campo de maíz, corrían preci- pitadamente y vio también que xm momento antes, un moreno, al parecer ocupado en las faenas agrícolas, al di- visar la fuerza armada, hacía señas con la mano hacia la casa.

Esto fué lo suficiente para que el alférez Sr, Roig, x;on la fuerza á su órdenes, echara á escape por el maizal en persecución do los fugitivos. Pero las aguas habían convertido aquellos terrenos en un verdadero pantano en el que se atascaban los caballos, retrasando considerublc- mente aquella caza, que de lo contrario hubiera terminado con la captura de los desconocidos.

Pasado el campo arado y el maizal llegó la patrulla de la Guardia Civil á los bohíos habitados por el arrenda- tario González y sn familia, preguntando enseguida el se- ñor Roig á aquellos campesinos, quiénes eran y por don- de habfan tomado los tres hombres que huían. Pero la

MANUEL GARCÍA

"ara haberlo visto todo, dijo no haber vis- uando aparecía la mesa preparada para ;s. Dejando para más tarde aquellas ave- por de pronto lo que hacían era dar tiem- ■s para desaparecer y ponerse en salvo, el

continuó la marcha hasta tropezar con

que inutilizaba el paso de los jinetea, era contrariedad pero buscando la parte ó la Guardia Civil con un puente rústico. 1 una corpulenta palma atravesada de una rilla. La parte superior del tronco esta- rles de machete para facilitar ol paso, y BS estacas enterradas en el cauce del rio randa de caña brava.

apostó allí los seis guardias do eaballe-

los cincos de á pié, se internó en el mon- liiego la pequeña fuerza para ojear eacru- lella manigua de ocho leguas de extensión. jn que explorar aquellos valientes. Muy nbocadura del rustico paao del rio, apa-

UD campamento de bandoleros. Sujetas veían varias hamacas, suspendidos de las hule resguardando mosquiteros de tarla- anco á rayas azules, más lejos un soporto res albardaa nuevas del país, y en varios rmamcnto, polainas, sábanas, dos bando- s de La Lucha del mes corriente, librea ledicinas, etc., etc.

m de un periódico, se leía escrito con lá- oma: St la unión constituye la fuerza, ¿por

¿Se relacionaría esa fraso, escrita por tos jsentados, con alguna temporal división en y de los Campos?

apostó dos guardias en el campamento

su VIDA Y SUS HECHOS 93

descubierto y continuó su exploración ansiando unir al descubrimiento de la madriguera, la captura ó la muer- te de sus habitadores. Pero en breve pudo convencerse el bizarro oficial de que aquello era un perfecto bur- ladero, arreglado con la mayor astucia é inteligencia, un dédalo de veredas y escondrijos imposible de requisar sin que por algún oculto reducto se escapasen los bandidos.

Cuando los guardias, verdaderamente impacientes, revolvían las malezas tratando de hacer penetrar sus mi- radas hasta lo más recóndito, sonó el estampido de un ti- ro y una bala de rifle pasó silvando cerca del guardia Escartín que registraba el monte. A aquel disparo siguió otro y el guardia entonces avanzó y descargó su reming- ton en la dirección aproximada de aquellos tiros. Escar- tín divisó perfectamente al bandolero medio oculto en la manigua y que después de hacer fuego desapareció rápi- damente.

Después la fuerza á las órdenes del Sr. Roig

continuó explorando la maleza en una gran extensión, sin obtener otro resultado que el hallazgo de tres caballos excelentes amarrados en un limpio del monte y los cuales no pudieron utilizar los bandoleros para su huida. En- tonces tornó la Guardia Civil á los bohíos, donde espera- ban los guardias de caballería apostados, impidiendo que saliera nadie de la finca. El Sr. Roig reanudó sus averi- guaciones acerca de la presencia de los bandidos en la finca Batalla viniendo á sacar en limpio, por confesión del arrendatario, que tres bandoleros, entre ellos Sixto Valora, se habían presentado el día anterior en la finca, ordenando á la familia preparase comida para tres días, mediante el precio estipulado, agregando que si no lo ha- cían voluntariamente se verían obligados á hacerlo por la fuerza. Sixto Valora, que parece hacía de jefe, trajo al poco rato un jamón de Westfalia, pan y vino.

94 UANUEL OARcIa

Es de creor, por los datos apuntados, rniñcativo do la abundancia y relativo 1

las galas do las parditos, que los bando cesitado apelar á la fuerza, ni siquien ra sor allí bion recibidos y hasta agasaj Cuando el alférez Roig examinó el do notar que estaba en la mesa un abi ito ajiaco, destacándose on la pobreza c ñon la porcelana decente de la vajilla 0ÍC03 de las parditas que hicieron los h(

comida al Sr, Roig y sus beneméritos j

pensaban habérselos hecho á los cortet ^y de los Campos. Lo agradable de aqi pidió que el Sr. Roig, en cumplimient vara conducidos á disposición del Fisca! colas al arrendatario de la fínca Batalla lez, su hermano Anacleto y los trabajad 13 hecho mención. En la finca aolc ajores.

Con el descubrimiento del campame ieligente actividad dol alférez Sr. Riig,

perfectimente el público, el por qué 3uestrado3 al ser hechos cautivos han < ■nadas y al ser puestos en libertad n( a hora en llegar al paradero de Güines <! Dentro del sistema especial adoptadí ■> Campos para sus fechorías, es lógico ci zona en quo actúa, posóe en distintas f mente situadas, varios campamentos cor 3ando de unos á otros según lo exigen I erza pública, la proximidad al punto en alto ó el secuestro y la intención do des] guídores. Así se el frecuente caso i

las fuerzas se desenvuelva enérgicame

BU VIDA Y SUS HECHOS 95

cuando los bandoleros, (que tienen un gran conocimiento topográfico de la zona en que radican) se hallan á muchas leguas del lugar del crimen.

Tendría que hacerse un estudio complejo y muy de- tenido de esa parte asolada por el Rey de los Campos y su gente, para formarse juicio exacto de las evoluciones del bandolerismo. Solo así podrá tener resultado una perse- cución en la que no han faltado ni inteligencia, ni buen deseo, ni intrepidez. El mal éxito hasta ahora obtenido, denuncia la falta de un plan racional y no sabemos si tam- bién de una cabeza bien organizada que comprenda el generó de táctica que practica el bandolero y se lo asimile por completo y lo ponga en acción con y perseverancia. De otro modo, la extirpación del bandolerismo será el problema eterno y el abismo sin fondo en que vayan á enterrarse anualmente cuantiosas sumas.

Y una demostración evidente de que en lo más míni- mo preocupaba en esta época á Manuel García el plan del Gobierno y sus alardes de fuerza, la tenemos en el simple relato de los hechos que vienen desenvolviéndose en el curso de esta obra. En el cortísimo espacio de tres meses lo que media entre Junio y Agosto, realiza el Rey de los Campos una serie de hechos criminales, separados por semanas y algunas veces por solo días, sin que pierda un solo hombre de su banda, sin que sostenga siquiera un fuego formal con la fuerza pilblica. Secuestro doble, levantamiento de la vía férrea, incendio de la estación de Quivicán y el aún más escandaloso hecho que vamos á referir se efectúan con excelente éxito para el bandole- rismo, no producen un solo triunfo para la persecución, no dan, en fin, la menor orientación, el más pequeño dato á las fuerzas, como no sea el casi insignificante de la sor- presa de un campamento, que en suma, dejó tan medrada como estaba la posición de las autoridades.

6 U&NUEL GARCÍA

A cada nuevo atentado del bandolerismo '. andalizada, formulaba eatas preguntas: ¿Qi bierno? ¿A donde vamos á parar? La vi npos se hacía imposible por lo inaguantable y itara para conmover el sentimiento público, ' 1 contra los Ferrocarriles Unidos, vinieron mo á tan insostenible situación. Todo el mi

con fundamento que Manuel García no habí marse con lo hecho en el kilómetro 99 y en 1

Quivicán y que de no recibir la cantidad e: ipresa de los Ferrocarriles Unidos, algún he( , de más resonancia y gravedad que los ya p' 80 haría esperar mucho.

En el capitulo próximo veremos como esto realizaron fatalmente, costando la vida á ui j del trabajo, víctima inocente de la feroz ve nuel García.

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xn

tentado.— ZiK vida de los empleados ferrocarrileros, ipeasa.— El 8 do Agosto.— Montolongo en el Empal- tamiento de un rail. -"Los riTOsyloa muertos."- irrada.—lfuerte de D. Abelardo Rodrigues.— Desca- .- Comentarios.

3 que hayan hecho el corto y alegre viaje de Matanzas, por la línea de la Bahía ó por la i antes de la fusión de las dos empresas, ó a, después de la fusión, conocerán perfecta- tdero del Empalme, hermoso aunque reduci- moderna construcción levantado en la con- '.B dos ^-ías ya citadas. Es todo de mampos- I y tiene á su frente un vasto terraplén que ado paseo á los viajeros, muchas veces ho- , causa de venir con notable retraso, (hcrmo- de nuestros ferrocarriles) el tren de Madruga. e dada la audacia de Manuel García, no se )mo no ha dado un susto á los pasajeros del nzas, en alguna de las eternas esperas que icto al anochecer y aún de noche cerrada.

LKUEL QARCÍA

npalme era hace po< dere siniestro, en el echa exclusión de al] .ra Matanzas, se hall lea de Bahía y 107 d tiende la vista á la di bscura de la intrincf da es todo manigaa vo, alzándose de treí

viajar de noche para te el campo de Cuba, aquellas vastas solee y el monstruo de ae lO en las tinieblas y s

fantasma que se dei iu estertor los habiti andadas.

iponcnte ta marcha ( TOS campos. Falta i DÚblieo abigarrado d taniilas que se bajai ísuenan alegremente omparable. El tren < s y plataformas car ayor parte de las vei togonero en el tende: nca, los retranquero, ilcnciosos, esclavos m puesta en la marcl ejano hogar de cuya oanas enteras gananc

diaria esposición de ) hijos del trabajo nt

, ni pensiones en caso de inutilización. Ocurre un nte, una explosión, un choque, un descarrilamiento perjudicados no tienen siquiera el derecho de que- Los muertos se entierran y los heridos van é. cu- i su casa ó á morirse en ella de hambre. De peor

que el soldado (perteneciendo á una milicia más que ea la milicia de la paz y del progreso) ni tienen

pensionadas ni retiros. Cuando no sirven se les la.

veces ocurre una terrible desgracia, por culpa del tado de la vía, del material rodante ó de un error légrafo y aún sabiendo de antemano que llevan la a un hilo, suben alegremente á ocupar su puesto, el aista abre la válvula sin temor y se lanzan á lo im- to aquellos hombres, acostumbrados á ganarse el gándose la vida.

1 día 8 de Agosto de 1890, año pródigo en desafilo- I bandolerismo, el tren número 39, de mercancías, lesto de la máquina número 6 y doce wagones, salió Estación de la Ciénega A las 3 y 47 minutos de la gada para llegar, por itinerario, á la Estación de uis, (Matanzas) á las 10 y 15 minutos. Iba con re- notable, circunstancia desgraciada como veremos delante.

róximamente á las diez y media de la mañana del día, hallándose la cuadrilla de reparación del Em-

ocupada en sus trabajos cerca del kilómetro 64, rprendida por la aparición de siete hombres á eaba- armadofl hasta los dientes. Acababan de desem- del monte firme que bordea la vía férrea por la la yendo para Matanzas. Pertenecían á la partida nuel G-arcía é iban mandados por Dominga Monto-

según declaración de uno de los reparadores, que llamaban Domingo los demás bandoleros.

UANUEL GARCÍA

aún el atentado del kilómetro 99 en 1 n, los trabajadores sorprendidos, supi

el objeto á que obedecía la presencia 1 cantonero pardo Inocente Laguna, ^ida por Montolongo. o, ¿qué Be ofrece? preguntó sin dar

levantar al momento respondió Mo; ) que no admitía replica, un rail de 1 n entendido, que si no está lista la opi ce del primer tren, te arranco la cab< o.

ñero no se atrevió á formular una sol 3 de los peones, puso manos á la obrí pávidos la obra aquellos siete hombn sangre fría preparaban una catastroff sentfau la mayor desesperación al verf )ear la muertede hermanos suyos, pero tida no daba lugar á la menor vacilaoi n sus órdenes serían asesinados sin com] 3o el rail y desviado de la línea por o igo ordenó á aquellos infelices echar Luciéndolos á una finca derruida, que 1 ibre de Los vivos y los muertos, por 1 •e años en ella un espantoso crimen, I muy añeja construcción pero abando le se encuentra hacia la izquierda de ya fijado y en el medio de un pofcn pción de algunos árboles frutales que is de la capa del crimen. Allí estaba iballos de los bandidos. Bien apropói el cantón de reparadores se hallaba se detuvo ante los bandoleros un can unos bueyes, y trabando conversaci(

su VIDA Y SUS HECHOS 101

que ya eran más de las diez y aún no había probado un bocado. Montolongo señalando para la casa Los vivos y los muertos, le dijo:

Llegúese Vd. hasta allí y busque en las alforjas de mi caballo: allí hay que comer.

O el campesino era supersticioso y no se atrevió á ir á la casa del crimen ó se atrepintió de haberse acercado por aquel sitio ó era un espía de los bandidos. Lo cierto es que desapareció sin responder palabra.

Entretanto corría hacia el Empalme el tren número 39, tratando de ganar la hora y minutos que traía de re- traso. Al llegar á la Estación, el conductor D. Abelardo Rodríguez, licenciado en farmacia y persona muy culta y simpática bromeó con el Jefe de Estación Sr. D. Jacinto Mateo, acerca de Manuel García.

¿Sabe Vd. algo del Rey de los Campos? preguntó á aquel, subiendo al tren. Bien ageno estaba el desdicha- do de lo que iba á ocurrir á los pocos minutos.

Aún divisaban perfectamente el edificio del Empal- me, cuando oyeron hacia la izquierda de la vía un ¡alto! y al mismo tiempo el estrépito de una descarga que acri- billó á balazos el primer carro en que iba el conductor, rompió el cristal de la farola, atravesó la chimenea é hi- zo saltar en astillas las persianas de las ventanillas.

Al mismo tiempo faltó la vía bajo las ruedas de la máquina y empujada ésta por el vapor, salió de los carri- les con todo el convoy y fué á atravesarse en la línea después de un tremendo choque repetido de wagón á wa- gón con peligro grave de los retranqueros.

Los siete bandoleros, á caballo desplegados en lí- nea de batalla, parapetados tras de la cerca de piedra, disparaban sus rifles á discreción, mientras tanto el ma- quinista, el fogonero y un practicante ó aprendiz, procu- raban, como podían, resguardarse de las balas en el tender.

UAKDEL aARClA

aje atentado el de aquellos bandolerc do SUB venganzas para la Empresa ó Tnidos, en seres indefensos, expues Bolo hecho de haber doscarrilado! I del tren, ante lo nutrido del fuego íctiles, después de salvar 500 metn i incrustarse e.n las tablas de la coeii irrojó á la vía/y dio á eorror resgua convoy, en dirección al Empalme, so caballo á, escape y dio alcaí a retranquero. » huyen Vdes? preguntó haciéndole

B no nos maten respondió uno de

an cuidado dijo Montolongo sonríe: igo. Y volvió á conducirlos al lugar doloroso espectáculo se ofreció t El conductor D, Abelardo Rodrigc s minutos preguntaba risuefio si se

García, se hallaba agonizante. A le se había escondido en uno de los c ras de un baúl. Una bala de rifle r ivesado el doble forro de madera de! no de ropa, yendo á alojársele en el c derecho. Su agonfa faé muy corta, sobre el lado izquierdo los pies cruza ididos.

fileado antiguo muy estimado y resii le recibieron la horrible nueva aquel suplemento de La Lucha, su anciauD 'inda y sus cuatro hijos, liara Rodríguez, hija del finado D. A

ocho años de edad, refirió á un re¡

80 VIDA Y 8DB HECHOS 103

ar periódico ya citado, que la noche anterior de Manuel García, dijo su padre dirigiéndose á : Yo voy á ser una de sus victimas. Cierta- preciso creer en los presentimientos. También le fijar la atención una circunstancia que medió lerte. Mientras los demás empleados del tren, resentaban mejor blanco á las balas, vino á caer Iriguez tan solo, pára[>etado tras del doble forro n y las dos paredes del cofre. ¡Estaba escrito abía de perecer!

olongo que había dirigido los preparativos de ,mo atentado, demostró su pesar ante el cáda- fortunado conductor Sr. Rodríguez, o decía yo que no tirasen? gritó dirigiéndose á

continuo ordenó é la cuadrilla de la reparación, i en libertad) que cortara los alambres telegrá- lefónicos. Los peones ejecutaron la orden de 50, trepando los postes: después uno de dichos •es, salió por orden del bandolero á dar parte é, i Civil y al Administrador de la Empresa. He- y después de apoderarse de un magnífico caba- * en el carro de animales, la partida de Manuel n perfecto orden, se internó eu la manigua to- rumbo de las lomas de Madruga, aquinista recibió de Montolongo, antes de partir, s dirigidas, la una á la Empresa del Ferrocarril, público y ala prensa (¡disculpando la conducta ores de aquel criminal atentado!) y la tercera á , En la carta dirigida al Administrador de loa lies Unidos Sr. Ximeno, exigían la suma de BO8 en oro. En la carta segunda, acombaba Mo' la al público que no viajara pues iba d empezar á r trenes de pasajeros.

MANUEL garcía.

a. producida por las primeras notici Empalme, fué espantosa. Empezó le dicha Estación & la Habana y ( inzas y á las pocas horas se encontr ocurrencia el Sr. Capriles, Goberní ¡as, Jefe de la Guardia Civil de la p dicho Cuerpo. En el tren de aux inzaa vinieron trabajadores de la ] ledita la vía, lo que sucedió ¿ las di . Capriles regresó á su provincia en le la tarde. En el Empalme quedó icoando las primeras diligencias si ible suma de fuerzas se distribuyó •ocarrjleras, bajando y subiendo en 1 indose todo género de precaucione ido anterior.

S«. D. ANTONId FERNANDEZ DE CASTRO

lUMiunainiianiiiBiiiiiaiimMiimBiiuHiiHHHiiuiiaiuiiHiHnaiiMaiiinMtiniMiiDMiiiiiiaiimBiimaaiiiiHiiutHiiiiiBiiiiiBinirB

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XIII

Actividad de la perseouoión.—La policía.— Las confidencias.— Dis- gusto en la banda de Manuel Qarcia.— Despertar del ''Bey de los Campos".— Secuestro de D. Antonio Vento.— Maledicencia pública.— Yo el Bey...— La finca *'Camacho".— Dos emboscadas. —En salvo El rescate.— Cuadro interesante.

El salvaje atentado del Empalme, cuya impresión en el público fué hondísima, según digimos en nuestro capí- tulo anterior, despertó las energías todas del Gobierno, activando la persecución de un modo notable y aumen- tando la cifra de las fuerzas dedicadas á operar contra el bandolerismo, á seis mil hombres. Caso insólito en los anales del brigandaje de todos los pueblos y solo com- parable á ciertas épocas de Sicilia, como escribió con gran fundamento un diario francés muy acreditado. Trabaja- ba además con gran aliento la policía, cuyos éxitos hu- bieran sido más notables, á no mediar esa lucha sorda de jurisdicciones y ese amor propio exagerado de cuerpo, que tienen efecto cuando trabajan á un mismo fin dife- rentes organismos.

Pero aún mediando los obstáculos que mediaron y

MANUEL QAfiCÍA

de esta obra más de una vez bem iraslucirse, no un plan, (que ese algo parecido é un método, 11 satisfactorios más adelante. I ron con más esplendidez y no i idades en ese particular, inforn isar por alto aquí, siquiera nos se [•las. No es ciertamente un secr leguido paso á paso ese vergonz trismo en las provincias de la I 3or algunos se puso más de un jefe de zona, enviándole coi icia de antemano ajustada, la ', lo cual originó la desconfían; lejamiento de todo centro oficial un recurso poderoso á la perseci de Agosto de 1890, en que se cumpliendo órdenes del Rerj de \ sangriento atentado del Empaln ases largos sin que la banda de nales de su existencia. Decías disgustos entre los individuos d ios da ellos trabajaban activame i. También circuló el rumor d Ferrocarriles Unidos temerosa d le había humanizado, haciendo I García una cantidad alzada, d I que la partida del Rey de los Ci )se tranquilamente el fruto de si i comérselo al extranjero. Nadi )ero lo cierto es que erapezabar mos y también á darse al olvide ú Empalme, (cosa bien fácil de y casi también el audaz bando

VIDA Y BUS HECHOS 107

autor, cuando á mediados de Noviembre vino á sorpren- der á todos un suelto de La Lucha^ (cuya información ja- más falló en este particular) asegurando que no tardaría Manuel García en reanudar sus fechorías.

Efectivamente: el 30 del citado mes, se efectuó el se- cuestro de D. Nicolás Tolentino Pérez Artiles en su finca Rosario^ término municipal de Batabanó, provincia de la Habana. Las circunstancias anormales que rodeaban es- te hecho, los comentarios públicos á que se prestó y la nota de infamia que algunos pretendieron arrojar sobre una honrada familia nos obligan á dedicarle mayor espa- cio. He aquí como ocurrió:

En toda la fuerza del sol, como á las tres de la tarde del 30 de Noviembre, se aparecieron como vomitados por la tierra en la finca Rosario, más conocida por Camacho, Manuel García y cuatro más de su partida, entre ellos Sixto Valora, dándose á conocer enseguida el Rey de los Campos, al enfrentarse con el azorado propietario y ma- nifestándole que se preparase á seguirlos. Al propio tiem- po, declaró Manuel García que estando escaso de dinero, necesitaba acto continuo cinco mil pesos en oro.

El Sr. Pérez Artiles más conocido por Antonio Vento se apresuró á manifestar al bandolero que no tenía la me- nor suma de que disponer, Manuel García le respondió que eso decían todos, pero que él no venía á disputar sino á buscarlo para llevarlo al monte: que se fuera preparan- do y á la vez que ordenara dispusieran comida para cuatro.

El Sr. Pérez les sirvió de lo que había, comiendo pri- mero Manuel García y Sixto Valora y después los demás bandidos. Después el jefe de la gavilla mandó ensillar un caballo para el Sr. Pérez y en medio de una conmovedora escena se llevó al secuestrado dejando la siguiente carta para el alcalde de Batabanó:

« Manuel Garda, Rey de los Campos de Cuba, le par-

:andel gabcía

ha entro en campaña secu.

Manoel Ga ? el relato de la marcha c pameoto, tenemos por algunos antecedentes, pt oxtraflos rumores que ci b hechos posteriores han

lia el Sr, Vento en el c trero con varios edificios , casas de tabla y otras írez Artiles dicha propie rendimientos producían ss á vivir con holgara. S: 3onomía reinaba en aqui leria, razón por la cual isesión de bastantes ahor do en segundas nupcias ; edad contaba entonces í y del segundo uno de po fundamento, desde el i i circular el rumor de qui lia, encaminado á sacar u ;, cuya tacañería no era c D aún, siquiera esto repuj ííase que el Sr. Pérez Arl enlace de uno de sus hij to sirvió de pábulo á la i hos vinieron á arrojar lu: categoría de fábula un r nte que no tenía otra bas isia popular excitada, caballo y con una fuerte

su VIDA Y SUS HECHOS 109

oa, marchaba á retaguardia de los bandidos, eubier- 1 un chaquetón. Cerca del kilómetro 49 de la línea i, se oyó la voz de alto, sonando una descarga que ■espondida con otra por la partida. Era una cmbos-

>eyóí>e salvado el Sr. Vento y al ver que le quitaban amenté la venda, detuvo bu caballo, en la esperanza r alcanzado por la fuerza pública, pero los bandidos levaban gran ventaja, lo amenazaron de muerte obli- >le á seguirlos á escape.

l^as descargas de la fuerza continuaban en aquella mida á través de las tinieblas y todo á lo largo de la irrea, cuando una segunda emboscada los atajó, so- y el estrépito de otra descarga. El Sr. Vento dice as balas silbaban á su alrededor. Vlanuel García, á pesar de toda su audacia, compren- íl peligro que corría y excitó con grandes voces á inte:

—¡Aquí va Manuel García! gritó ¡Así no se mata hombres, canallas! Compañeros, ¡al machete!. . Pero no dejó de huir la banda, perseguida tan activa- e que el Rey de los Campos de Cuba perdió el som- I en aquella odisea y no salió herido (según confesión ) por milagro. Solo ó la obscuridad de la noche, que rande, se debe el que la partida no haya caído en al- de las dos emboscadas tan hábilmente dispuestas, nados en la manigua, siguieron á escape más de una llevando al infeliz secuestrado en medio, hasta lle- 1 campamento, seguramente el mismo que ya hemos •ipto en diferentes ocasiones. Era también monte I, de suelo pedregoso y muy accidentado. Los bañ- os podían ya considerarae seguros. La partida, (en que faltaban Montolongo, Eulogio ro y alguno más) se componía del Rey de los Cam-

ANDEL QAKCIA

ol, Palenzuela, Gallardo y Vi( armados hasta los dientes co vizcaíno de gran calibre y afi

encía de cuatro días en el ca decir porque no encierra grai que fué muy bien atendido tuvo poco que ver on la cae ircía escribió la siguiente car , al hijo mayor del Sr. Vento Vd. el día 4 con cinco mil j io á su padre de Vd. á las diez de lo mañana 1 !se trayecto le saldré yo; y e re por las auras, porque con

Manuel García"

ilabra A un repórter de La Lucha:

> del Sr. Vento, que tenía un aho- po para comprar un sitio, cogió sin . diez de la mañana del día 4 salió ¡a Brava, como se le indicaba en la

> trató con despotismo, -preguntó el feroz bandido, respondió Pascual no tengo más. resto y ten entendido que no es ixmigo; no me persigan ustedes y sea el encargado de hacerlo, p

ly mal.

i dinero —replicó molesto Pascí i dijo Manuel García— dame libertad á tu padre pero quec los dos mil restantes.

aU VIDA Y sus HECHOS 111

—¿Cuándo?

Yo te avisai'é el día hora y punto. Lléveme donde esté mi padre. Los bandidos (qae eran Manuel García, como digi- y Sixto Valera, se retiraron sin hacer caso á las sü- 3 del Sr. Pascual, quien tuvo que desandar el camino . Batabanó. Manuel García y Sixto Valera esperaron >che dentro del monte y emprendieron después la ha al campamento cruzando de nuevo el ramal de íanó y la línea general cerca de San Felipe. Cuando pan internándose en el monte, sostuvieron fuego en ncuentro contra la fuerza pública emboscada en aillo.

El Sr, Vento conoció enseguida que su dinero había do al campamento. Se le avisó que iba á ser puesto jertad y al obscurecer del 5, la partida, después de irlo fuertemente, lo colocó en medio y emprendió la ha á trote largo hasta las seis de la mañana que dejó . Vento en el camino real,

—Está Vd. en libertad dijo Manuel García siga el QO derecho sin volver la cara hacia atrás. Cuando el infeliz anciano se quitó la venda, no tenía , se le habían inflamado los ojos con la presión del 3 y necesitó algunas horas para saber por donde iba. mtóse luego al Alcalde de Barrio de Pnnta Brava, 1 después de haber telegrafiado á las autoridades, le ó el camino de su hacienda.

Dice un documento que consultamos: *•) "Los bandi- labían cruzado la vía las siguientes veces: Noche del ístro dos en busca del dinero— cuatro dos la ge- y dos el ramal entre ida y vuelta. Cuando la líber- -una total siete veces cruzaron la vía sosteniendo

vía se hallaba custodiada

z y quiaee de la mañana il colgadizo del fondo de Jamacho, eaperando de un cuando uno de los hijos pidamento de su asiento

mesuradamente al camino, lorado, á. marcha precipi-

la familia con el Sr. Ven- )re el caballo, lo abrazó y más le bajaban en brazos. El de las hijas le echó los i de un fuerte ataque ner- dose según iban llegando mentos aquél h cuadro r

a pie, cruzados c imente se hallal su secretario S ya puerta á 1 los ojos por el 1 sentado en un i sostenía á su & ro de su espose 08 derramaba co' le la alcoba, tei baques de epilep [ue esta escena esenciado los qc á aquella famij

VIDA Y SUS HECF08

lubieran compartido con ella aquellas sin-

38!"

el primer hecho de Manuel García des* imiento de tres meses. Ya veremos aho- á orientarse la persecución y los resulta-

XIV

peraeouoíúa.— EloomandanteUoiiforty lap ft.— Veintiún dioa en emboscada.— La tranqu ierra."~Iia sorpresa.— Muerte de Sixto Val lorríó Uanuel Oarcia.— Sin caballo j sin soi Ta encima un bandido.— ITna oración bárbaí nentério. -Quién entregó & los bandidos.-! Ungular reto.— Sílenoio raro del "Bey de i -

indicado en nnestro capítulo antcr Sos contra la seguridad pública, per García, pusieron en acción todoa los .0, después de haberle probado la ex n las tropas veteranas el elemento n na lucha tan designal como m había bandolerismo que opera por sorpres ata su presencia con sus ruidosos me

isarse seriamente en utilizar la poli el servicio de emboscadas, algunas ron satisfactorio éxito por su buena gilo profundo con que se preparai

su VIDA T SUS HECHOS 115

de ellas fué la dirigida por el comandante señor fort, alcalde corregidor de Quivicán y que después de dos días pacientemente transcurridos en una escneha urna, dio por resultado la muerte de uno de los más «es bandidos de la partida del Rey de los Campos. El día 10 de Diciembre de 1890 salieron de la capital Quivicán el inspector de policía especial D, José Mi- 38 celadores D. Tomás Sabatés y D, Juan B, Cuevas y uardias gubernativos D. José Gelabert y D. José Pé- eon la consigna de no efectuar movimiento alguno no fuera dirigido y ordenado por el Sr. Monfort, Este -ar, como ninguno inteligente y bizarro, habíase ro- lo de toda suerte de garantías para la captura de Ma- García y los que con él fueran, á cuyo efecto conta- on valiosas confidencias y con pleno conocimiento del mo en que iba á operar, así como de las costumbres de )andidos.

A la llegada de la policía á dicha localidad, fué alo- de noche y con las mayores precauciones en la casa ue estaba establecida entonces la celaduría de Quivi- para que su presencia no se hiciera pública en el pue- en cuyo caso, (merced al numeroso espionaje del ca- a de bandoleros) hubiera fracasado el golpe y perjudi- t notablemente la persecución, porque Manuel García ibstendría ya de abandonar el campamento mientras o se creyera objeto de un ojeo. Siempre el Rey de los pos demostró mayor terror á la policía que al ejérci- al voz porque su inteligencia le sugiere que la guerra ta es la más temible.

La policía limitábase á la emboscada nocturna y an- iel día, tornaba ú encerrarse en la Inspección de Qui- n, con lo cual se logró que nadie en la localidad era noticia de sus planes. Entre tanto transcurrían iías y las semanas sin el menor resultado, empezando

MANUEL garcía

le si á pesar de t lo al público sas bado, poco antes ctamente disfraj rreo8 que conduc ) es de difícilísi tquiaa está conv i y media, sobre las fincas Santt lafael, del Sr. D, Coloma, recién J >mbras y del boi 3 individuos ya : LOche el celador guardias civileí , soldado de Ca' ifort, que dirigía s en tres grupos ISO á esperar la

cadas, se abro 1 Ramón Gaerra. jeguidores, tal ^ 1 de que serviría

rrada era muy ol pocos pasos el icho, se sintiere - de las tioíeblai 'es ginetes, que, ;iue á buen paso, tranquera de Se lad, se dirigían, alera, el más all

so VIDA Y 8TJ8 HECHOS

de él Manuel García. Los tres llevaban apoyada islo la culata del rifle, empuñando el arma por el ara hacer fuego á la más pequeña alarma.

0 Valera presentaba, mejor que ninguno, blanco á ría de las emboscadas, ya por su talla aventajada destacarse mejor la blancura del traje sobre el

1 matorral. Confiado, sin presentir el peligro pró- i á atravesar el portillo, cuando un movimiento íigente animal que montaba, denunció la pre- í las fuerzas en acecho. Levantó entonces el rifle 6 fuego, pero ya era tarde. . . . Las emboscadas, oz alguna, vomitaron una descarga de plomo so- 1 grupo, que después de hacer un disparo se di- i las tinieblas perseguido por una lluvia continuada ¡otiles, dejando desplomados en el campo uno de tes y sa caballo: Sixto Yalera y su hermosa ca- a. Solo se oyó un débil quejido. Uno de los ¡bles bandoleros de la partida del Bey de los Cam- a cadáver en el suelo, echado sobre el cuerpo de [o muerto de cinco balazos. Sixto Valera presen- heridas, mortales por necesidad, una situada en posterior del parietal izquierdo y otra en la parte )1 parietal derecho, correspondiendo la primera al le entrada del proyectil y la segunda al de salida, ame de la masa encefálica al exterior.

licía que tan escelonte servicio acababa de pres- causa del orden y de la justicia, efectuó, acto , un escrupuloso reconocimiento del terreno, en- ,0 otro caballo, pero vivo, que se creyó pertenece- ejf de los Campos. Estaba muy gordo, muy bien sin montura ni freno. Cerca de él había un som- Levo de Jipijapa. La fuerza consideró que este ido por Manuel García en su fuga, perseguido ac- le por un mortifero fuego. Posteriormente se di-

MANUEL GARCÍA

)oscadas salió en persecu ivo necesidad de retirar eros disparos de la otra 3 cierto, sin embargo. L ás tarde pudo certificarst que oculto bajo su caball nuerte de Valera. Al fií es cercanos, activamente cía, dejando en el camp )allo moato dorado y bu e láver de Sixto Valera, b ramos con toda proligidí leí bandolerismo cubant

o calibre 44, nikelado, c las con el pistón martilla ino, sistema Smith, de gi

3, de media cinta, muy & lero con una bolsa reple

rgo cuchillo, (la hoja deb

búfalo con botones, pasi lata y una bolsa de caer i de rifle.

uas, de oro macizo, con c labrado.

Isillo.

ipijapa de anchas alas,

í la cODsidenkble ventaja que tienen í causa de la deaiguuldad del arman: rcito asan el KémingUiQ.

BU VIDA Y BUS HECHOS 119

por tres balazos, uno en el ala izquierda y dos en la copa. (Entrada y salida del balazo que produjo la muerte á Valera.)

Cinco cigarros habanos y una cajetilla de cigarrillos de papel, marca La Flor de Etiropa, Qiiivicán.

Una vela de esperma en dos fracciones.

Un escapulario conteniendo la Oración del Jtisto Juez. (1) Dicha oración tenía manuscrita la siguiente nota: Svtto Valera y Montegudo y pol no sabel fihnál lo hase José Piase.

Este flímante debe ser José Plasencia, conocido por el Mulato Plasencia. La novedad de la abreviatura corre parejas con la corrección ortográfica.

Un peine para la barba.

Un lápiz.

Una fosforera y una pluma de dientes.

Un par de espuelas güineras, de acero.

(1) He aquí opiada literalmente dicha b&rbara j horrible ornciAo, qae llev&a encima, desde tiempo ÍDmemorial, todos los bandidos j asesinos de Cuba, por creer- la UD eficaz preservativo contra la maerte violenta:

■Hay leones ; leonas qne rienen contra mi: detéoganse en si propio cómase ■detavo mi señor Jesucristo cod el dóminos Deo j le dijo al Justo Jaez: Ea: señor, '& mis enemigos veo venir, pues tres veces repito: ojos tengao, no me veao; manos ■tengan, oo me toquen; boca tengan no me hablen; pies tengan, no me alcancen: con «loa los miro, con tres les hablo, la sangre les bebo j el corazúa les parto. Por aque- •lla santa camisa en que tu Santisimo Hijo fué etivuelto, ee la miama qae ;o traigo ■puesta j por ella me be de ver libre de prisiones, de malas lenguas, de becbicerlu •j maleficios ; paca lo cual me encomiendo á todo lo angélico? sacrosanto; me han •de amparar los Santos Evangelios, pues primero nació el Hijo de Dios y vosotros ■llegnÉis derribados á mi como el Señor derribó el dia de Pascua á sus enemigos; de ■qaíen se fia es de la Virgen María, de laostia consagrada qne se ha de celebrar con «la leche de los pechos virginales de Haria Santísima, por neto me he de ver libre ode prisiones ni s^ré herido ni atropellado, ni sangre derramada, ni morirí de ■muerte repentina y también me encomiendo i la Santa Veracruz.

•Dios conmigo, yo con él: Dios delante yo detrás de él: Jesús, Marta y José.

oE! qne tuviere esta oracién ha de tener devoción de rezar todos los diasan cre- "do al Qran Poder de Dios y nna salve í la Santisima Virgen. Debe poner su nom- ■bre el que la lleve consigo. Podre, Hijo y Espirita Santo.

■Amén Jesús.»

KAMUEL OAttCÍA

eloj Roskoff con leontina de nikel. cartera de bolsillo y en una de las hojas inteño- to con lápiz este nombre: Andrés Chacón. )apelilIo con polvos blancos, que se supuso f oe- 3neno.

papel conteniendo un mechón de cabellos y un rosa, seco.

cajita de nervina para las jaquecas y neuralgias, cajita de polvos de dientes y )onio de tricófero para el pelo, iballo de Sixto Valera se lo quitaron: albarda muy usada.

I alforjas de hule conteniendo los útiles necesa- el herrado de caballos.

reno con cabezada de algodón tejido. Las bridas aanchadas de sangre y una de ellas cortada por I, y por último:

lazo de cuerda como el que usan los vaqueros zar las reses.

a 1? de Enero de 1891, fué trasladado el caí do al cementerio de Quivicán en una carreti or la fuerza pública, siendo expuesto á los c va. completa identificación, de la que expidi* I Sr. Juez Municipal suplente de Quivicán. erosfsima fué la concurrencia de público qu( oenterio á contemplar el cadáver de Sixto Vi isialfinalizar6laflol890, fuD esto para la segu 1 de los habitantes de la Habana y Matanza ¡rea del osario, en una enorme caja negra c eos, estaba el corpulento bandido, muerto ei o en apariencia dormido. Su rostro no se '. lesto en lo más minimo. He aquí la impresic r un repórter de La Lucha, testigo presenci: labios ligeramente contraídos, parecían se

TIENDA DEL SEBORUCAL (SEIBA MOCHA

FERKÁKDEZ, ¿SALT4DA TOB LA MAXCEL CAIlCIi

BU VIDA y BUa HECHOS

j 8UB ojos, apenas entroabiertoB, le daban cierto asp de humildad: nadie ora capaz, á la simple vista de a Ha fisonomía, de asegurar que aquel hombre hubiese un bandido de indomable energía."

Sixto Valera formaba en las filas del bandoleri desde el año 1884. Dicen que le lanzaron á esa vida i amores desgraciados, de su juventud. Otros afirman cuatrero empedernido, viéndose acosado por la persecu se resolvió á entrar de lleno en el bandolerismo. Ya s< be que bandidos y cuatreros se dan la mano.

El importantísimo servicio prestado por la intelig iniciativa del comandante D. Salvador Monfort seeuní por la policía de la Habana, debióse, no á la casuali sino á una confidencia gratuita de un iadivíduo de la c de color, el moreno Osma, dueño de una colonia de < en el término municipal de Quivicán y de antiguo resi do con Manuel García por ciegos desafueros cometidc sus intereses.

Dícese que el día de la muerte de Valera estuvi éste y el Rey de los Campos en su finca y que Osma, había proyectado aquella venganza, los condujo con ei ño á la emboscada. Más adelanto hemos de ocupamos tenidamente del moreno Osma, que ha representado ui peí importante en la lucha entablada entre el bandol mo y la ley.

Días después del afortunado encuentro entre la ] cía y los bandidos en la tranquera de D. Ramón Guer moreno Osma publicó en La Z/UcAa una carta explicE los móviles que le indujeron á entregar á los bandol y en la cual retaba ¿ Manuel García á batirse ouer cuerpo. También hacía constar que su auxilio á la fu pública había sido completamente gratuito como lo se asimismo otros que habría de prestar en lo sucesivo menos importantes.

MANUEL GAKCIA

En este incidente del bandolerismo, que obta\ )blo gran resonancia, echóse de ver una circun tmala que hemos do señalar.

Más de una vez, en el curso de la persecueiór [secuencia de graves indiscreciones, que bien pi tarse, llegó á oídos del Rey de los Campos la c< Q directa ó indirecta de algún campesino en la activi- l ó acierto de la persecución y ni en un solo caso dejó nuel García de ejercer sangrienta venganza en aquellos ( lo vendieron ó intentaban venderlo. Ya creemos ha- hecho mención de algún suceso sangriento, en el cual, 10 prueba y origen del delito, apareció sobre el cadáver papel diciendo poco más ó menos: eüo le pasó por chota ien: esto hace Manuel García con los que se meten con él. ís bien, pública y notoria la participación directa del reno Osma en la muerte de Valora ya por el rumor pu- to, ya más tarde por la carta publicada en La Lucha, á I hemos hecho referencia, MaQuel García no molestó en nás mínimo á su descubierto y declarado enemigo, á ar de que éste, (qae es hombre de valor á toda prueba) procuró guardarse, habitando su ñnca constantemente edicándose en ella á sus diarias labores.

El reto públicamente lanzado al Bey de los Campos de ba por uno de sus más humildes subditos, no fué reeo- o, por lo tanto. Hay quién afirma, que Manuel García, lito grado supersticioso, tuvo siempre la arraigada creen- de que burlaría toda suerte de persecuciones; pero que lía huir de los lances personales y de los enemigos que alzaran á su paso en los campos. Otros aseguran que el iáz bandolero, que jamás conoció el temor, profesó mpre un miedo cerval al moreno Osma.

-^*^

XV

uye el terror ea loa bandoleros.— |Diez y ocho ejeouclo- diea y oaho meseBl— lia pena de muerte no es ejemplar, ensamieato de Enrique José Varona.— Fufl aladas ante el >.— Jugando & los agarrotados.— El Teniente Cardet y su i.-~lAl cafiaTerall —El oficial Valladares herido.- Una la se interpone. -Uartírio sin gloria.

icesivos capítulos hemos demostrado que poco la audacia de Manuel García y de su gente ni la de la persecución, ni el firmísimo propósito, en- rmado por las autoridades, de concluir con el i de las provincias de la Habana y Matanzas, i la ruda y severa sorpresa de Quivicán que cos- á uno de los individuos más fuertes y animosos a banda de desalmados. Los atentados del Bey npos no desaparecieron muchos meses, reapare- ando empezaba á reinar la confianza y con ma- ber de ensañamiento que antes, íe mentira que el reinado del terror coa bu obli- ela de ejecuciones y pregón de cabezas, inflaye- co en el ánimo de aquel puñado de hombres

MANUEL GARCÍA

I de la ley, contra el cual operaba un ejército rie< ■B03 de toda especie, un cuerpo de policía en daban los fancionarios de mérito y una trailla b .nea de espías y conñdeotes dispuestos á vende la partida por un puñado de doblones. La ley de represión del bandolerismo estaba en 1 vigor, por aquella época: el verdugo no descana u labor siniestra y la máquina patibularia no U ón de enmohecerse. En diez y ocho meses, tan si igistraron ¡diez y ocho ejecuciones! Y aquí encaja como el anillo al dedo, una breve ón acerca del saludable ejemplo que dicen algu

aparejada la pena de muerte. El tema es viejo y tratado por verdaderas inteUgencias, razón por la ( bra disquisición no ha de ir enderezada á los prii

filosóficos de esta ó la otra escuela. El caráctei obra es popular y con decir esto está dicho todo. Un profundo pensador cubano, el eminente Van icrito hablando del bandolerismo como plaga soc iandoleñsmo no retrocede ante la fuerza sino ante la <.ción. Y en Cuba lo que avanza es la barbarie:" N cierto. Demostración pálida de esa verdad ovidei memos en este período que analizamos, en que r fué un plan, un sistema, cuando en realidad no cosa que el respiro de la impotencia para vencer itos desencadenados de todo un agregado social. Recordamos á este propósito, que durante una ej€ capital, un individuo, por asunto balad!, pegó á < norial puñalada y no hemos de citar (porque eso se

aquí cien veces) el hecho de dedicarse algunos al r irteras, en pleno campo de la ejecución, á la vistB 1 cuadro tan repugnante como imponente, presenci nillares de corazones temblorosos. La pena de muerte, como ejemplo, os en nuei

8U VIDA Y 3U8 HBCB03

) el absurdo más grande que puede concebirse, do siendo las ejecuciones públicas. Pasa con esto lo que todos hemos acordado en convenir respec- licidio: que la publicidad es un vehículo de pro-

implar la pena de muerte y un pueblo entero ha lilar sobre el tablado el zapateo cubano al reo ! ¡Ejemplar la pena de muerte y hemos contem- otro reo, subir apresurado y sonriendo las gradae bulo saludar con alegre gesto á la -muchedumbre ñores á las mulatas! ¡Ejemplar la pena de muerte ^ror parte de los crímenes del bandolerismo desa- las provincias de Matanzas y la Habana, se efec- euando Valentín el verdugo iba de Remedios á los y de Jovellanos á Colón, dando garrote dos á es á tres en cada localidad, lo cual le hacía pro- esta frase espantosamente cínica: Nosotros somoi circo que vamos dando funciones por los pueblos! . . Leréis saber lo que enseñan esos espectáculos san- ? Pues vais á oirlo.

ibaba de tener efecto en Matanzas una doble oje- an garrote vil: la de los asesinos del distinguida a Sr. Crespo. Por torpeza en manejar el aparate ceso de crueldad, uno de ellos,- el conocido poi fué sacado del banquillo, por el verdugo, ¡tres ve- mgulado á medias! El público gemía horrorizadc uel cuadro cruento que hizo caer desmayados á espectadores. Entre estos había de todo: mnje- ¡ niños 1 Se dice que convienen é. los niños come , esos espectáculos.

)s bien: á los pocos días, fué conducido á la casi TO un pobre niño, casi estrangulado al jugar con }añeroi al juego del garrote. i, frente á las tapias del Cementerio Viejo, que oe

UANDKL GARCÍA

jecueiones, uti puñado de inoc

un tablado y uq garrote. I da una estaca en el suelo, fu^

á ella con una soga, trenza* palanca á au espalda y un \ i un valor á toda prueba, (

sacerdotes, soldados y públii , de que estaba agarrotando de verdad )8¡biUtado de gritar por la bárbara pres: nía enlazado al cuello. ': uQ pueblo que se educa en el diario

sangre, por fuerza ha de adquirir inst

pues, repetimos, el imperio del terror J3 campos, de un modo radical en la & )lerismo. Hablábase, si, de que algiii a banda de Manuel García, trataban Í8, pero no por arrepentimiento de la v

por miedo á los peligros que corríar •er, sino por disgustos, por diferencias 3 que surjen impensadamente entre ho solo por la fraternidad del crimen. 3ión, por lo tanto, continuó activamer 1 desde que la muerte de Yalera infun o entre los distintos organismos que co 18 dedicadas á dicha obra.

después de la emboscada descrípta en •, el bravo Teniente Coronel Sr. Teja idras de Guantánamo, enviadas á la I el bandolerismo, inició una batida en lo, que empezaba en loe Palos y terraii 11.

Enero de 1891, una sección de dichas 3sta de seis hombres al mando de su

su VIDA Y 3U3 HECHOS 127

B D. Manuel Cardet y Peralta y del sub-teniente de errilla de María Cristina con su fuerza, todos á pié, ■on á la colonia de D. José L. Plasencia, arrendatario radica en el cuartón Águila, barrio inmediato á los . Dicha finca, que linda con el camino real por un por otro con la vía férrea y por el tercero con un ea- . cercado de mayas, está situado en el punto más lósito para vigilar una gran ex*vensión: toda la que :an muchos campos -de caña, pertenecientes á distin- )lonias. Cerca del callejón citado, se alza impene- j la manigaa, formidable encubridora del bandolero. Ja sección de las Escuadras y la guerrilla pemocta- n la finca de Plasencia, no sin amarrar antes los pc- para que sus ladridos no delataran la presencia de ñas extrañas. Ya á la madrugada, el Sr. Cardet, mi- al parecer, ducho y habituado á los misterios de nues- jampos, se situó cerca del camino para observar los >or él transitaban. En esto notó que una carreta se ia junto al cañaveral y del interior de este asomaba >mbre que cambió con el carretero algunas palabras, do iba á dirigirse hacia aquel punto, oyó gritar al con- ►r de la carreta:

-¡Pepillo! ¡Pepillo!....

[llamaba al dueño de la casa.

—Dígale que á la vuelta respondió intuitivamente el ote Sr. Cardet.

—Dicen que á la vuelta— trasmitió el carretero conti- do su marcha.

Pero el Sr. Cardet había creído ver algo en todo aque- dando un rápido aviso, cercó la casa para que no sa- nadle y seguido de la Escuadra O se lanzó al caña-

I Lo8 sold&doB delaa EBCuadras de (íuantánamo, qae aaa ea su majoria de ie color, eatáu ma^ habituados al monte j van armados con terceroloa ó riflea ago, machete ; revólver.

128 UANUEL GARCÍA

veral revolver en mano. No tuvo que caminar muchos pa- sos para encontrarse en presencia de un campamento del bandolerismo.

Las fuerzas se diseminaron por el cañaveral y uno de los individuos de la Escuadra, el corneta Traba Espinosa, 5ue había avanzado algo más que sus compafieros, re- cibió á boca de jarro un disparo de rifle, del cual pudo reguardarse tras del tronco de una palma. Dos bandidos se encontraban ante él, abrasándolo con el fuego conti- nuado de sus rifles. Uno de ellos el más alto era Manuel García en persona: el otro debía ser Pablo Gallardo, (á) Escuela.

En el limpio del cañaveral había hechas con hules y frazadas, dos camas. No eran aún las seis de la mañana y lo que puede colegirse es que los bandoleros acaba- ban de dejar el improvisado lecho y llamaron al carretero para mandarle traerles café.

El corneta de las Escuadras, que so portó animosa- mente, hallándose casi solo, fué á responder al fuego de los bandidos, pero falló la cápsula y al levantar el gatillo, recibió seis disparos más cuyos proyectiles silbaron en de- rredor de su cabeza.

Ya entonces habían reforzado á los bandoleros, tres más que se hallaban en una vivienda cercana, y envalento- nados por la proximidad de la manigua y el conocimiento del terreno, se atrevieron á hacer frente á la fuerza, insul- tándola á gritos con las voces de:

¡Canallas!. . . [vengan á pelear!. . .

El Teniente Cardet con la poca fuerza á su órdenes, 36 les fué encima gritando:

¡Escuadra, al machetel. . .

Entre tanto el sub- teniente Valladares que había or- denado los individuos de su guerrilla y que montaba una yegua en pelo, al tratar de cortarle á los bandoleros la

su VIDA Y SÜB HECHOS 129

la manigua, recibe dos balazos de los faeine- dilla on tierra lo esperaban frente á la cerca I campp de caña. Otro disparo hiere á su ca- 1 la paleta derecha.

iz oficial cayó bañado en sangre, mientras tan- Ira con los machetes desenvainados se lanza indoleros para provocar un combate al arraa

1 misterios del destino! se interponen entonces e una guerrilla atraída por los disparos, se en- ecreta operación de la Escuadra y los bandidos i por encima del oficial mortalmente herido se el monte, su salvación, saludando con loa som- í se malogró un golpe seguro debido á la inte- teniente Sr. Cardet y que pudo dar resultados

ú Valladares fué conducido exánime á los Pa- itaba una herida de proyectil de riño en la par- y media de la región parietal izquierda, inte- partes blandas y el periosteo y fracturando la •na del hueso, deslizándose por este y teniendo cuatro centímetros del punto do entrada. La ilícua de abajo arriba, permitió el deslizamien- i por la superficie ósea, impidiendo su pene- t cavidad craneana.

lo del herido sin embargo, era muy grave, por 3S de conmoción cerebral y la supuración que forzosamente. El bandido que lo hirió fué el jncia. Pablo Gallardo (á) Escuela, que acom- inuel García, resultó herido, oyéndosele ex- tirarse: tan matado!

estado del limpio en que fué sorprendido el I y las muchas puntas de cigarros halladas, se

GARCÍA

lan allí apose &B (le un mes! demuestra el as fuerzas peí e guerrillas » batía entoní iidaces los bai

icontraron jres, mantas ; , de donde sa •on dos raagí uidadisimos. presa del Cum uos entre ello ias. El carre

lentro, fallec I. ¡Pobre vícti emente torpe!

r^^-'-^^si f^~~-^-^-^

ores públicos,— Un "golpe" del "Bey de loo Campos."— Uanuel arcía asisto á una cacería de venados con el Gobernador Be- ional de la Habana.— ¿Es esto creibleP— A Uanuel Oarcia se le Hiero por muchax p^rsonaa decentes.— Busca? captura de doña osario Tázquez y doña Isabel Torres. —Bandidos con salvo ^nducto.

¿A quién puedo extrañar que después de tan afortii- is golpes de mano, circularan los más absurdos nimo- !n el público? La actividad desplegada por las auto- íes, la autna de fuerzas y de policía puestas enseguí- ito de los bandoleros, las cuantiosas sumas invertidas I sostenimiento de esas fuerzas y en la compra de es- aje, sin resultados prácticos en larguísimos meses, en aañas sostenidas de años enteros, eran el mejor testi- io de que Manuel García el Rey de los Campos de Cu- ra un bandido que se apartaba de lo vulgar, que era io de grandes y desconocidas protecciones, que podía fiar con esperanza de buen éxito todos los propósitos zados por el Gobierno para su captura, aún aquellos se fundaban en la astucia y en la traición, que oran los más debía temer.

opósito de todo esto, más de una versión, é sin fundamento, colgó á Manuel García u sin ejemplar, uno de el los el que vamos j n declarar que aparece evidentemente desj ^similitud pero del cual no nos es dado pi ) mismo que confirma el grado de excitacü ginada por los audaces hechos del líey

tase que á cierto ingenio del término de í 1 es propietario un conocido caballero que tica, acudió invitado, para una cacería de bemador regional de la Habana, no sabemo 3 rumores de cierto carácter casi nunca jropios.

[spera del día en que dicha autoridad era e ngenio, visitó la finca Manuel García, en Lie en ella tenía protectores y no enemigos ido por el propietario ó su administrador d' Ito personaje, por cuya razón le suplicaba [uellos contornos para no comprometerle, i el personaje ó mejor dicho, la autoridad recibido espléndidamente, diéronso lai unas para la diversión cinegética, fueron lontunos con sus respectivos perros y esc 3ntre aquellos buenos servidores se éneo arcía el Rey de los Campos de Cuba, como v servicio de la cacería. Esta continuó si ;a en incidentes interesantes y durante tO( Gobernador dándole escolta y sirviéndole io, aquel empedernido facineroso en cuya daba un ejército y por cuya causa existía irticular ruinoso para el país y perfecta

[ue pretendamos (como ya hemos dicho) j

VIDA Y 8D8 HECHOS

menor crédito á rumor tan inverosímil, no nos sorpren- ¡ría que fuese cierto teniendo en cuenta que aquellosba- ndados constreñidos á ser forzosos contribuyentes de anuel García, no abrigaban el menor temor respecto del indoloro, antes por el contrario, podían considerarse ga- ntidos contra cualquier atentado, mientras tanto sir- eran sus exigencias.

Bien recientemente una persona muy relacionada en lestros campos, decia al autor de esta obra: A dueños I ingenios de estos alrededores he oído decir más de una iz que Manuel García es un bandido inofensivo para los opietarios de fincas, siquiera alguna vez les imponga sus ibutoB. Preséntase, dicen, con buenas formas, se confor- a con lo que le dan y no les molesta muy á menudo co- 0 Mirabal y otros bandoleros.

Aún debe subir de punto el asombro del lector al Ue- X á este pasaje. Nada menos que un juez, todo un fun- anario de la justicia, decía á persona cuyo nombre he- os olvidado:

Manuel es un hombre de corazón puesto que fre- lentomonte socorro á muchos necesitados y desvali-

De lo escrito anteriormente se desprendeque el Rey de I Campos no es para todos antipático y odioso, antes por contrario, goza de verdaderas simpatías entre ciertas y iterminadas personas ó por lo menos, con ol temor que Eonde su audacia y también su fortuna, cierra la boca I muchos que tal vez siendo sinceros dirían de él lo que erece.

Entretanto y siendo justos, diremos que lasautorida- s no se dormían, activando por todos los medios la cap- ra de Manuel García y su banda. Cerrósele ó se procu- cerrarle todos los caminos, dióse mayor amplitud á la mpra de confidencias y con ol propósito de restar ausi-

UANUEL GARCÍA

itección del bandolero, aún cuando srróneamentt!, se hizo salir de la Í£ ^ á la querida do Vicente su herme ó el día 17 de Euero do 1891, por ir. Trillo, alcalde en comisión del t ir, secundado por los celadores de ] Agustín Alvarez y D, Antonio f: nicipal D. Julio Castillo, ición salió de Melena, como hemoí .9 de Enero, en dirección á los mor idos en el término de Guara á tres localidad primeramente citada. I í realizarse en condiciones de muc contrario fracasaría soguraracnte, 1 Libros mujeres habían huido á la ; rza. El Sp. Trillo diri^nó con toda isentándose primeramente como 1 ;ar conocido por Chuya, residencii rres, querida de Vicente García, he Tipos. La querida del joven bandic lacha de quince años de edad y de to bien escaso en Cuba, ido procuró negar su estado al prim partido, se vistió rápidamente, y ( nontó á caballo, sin resistencia, d istillo.

orres, que es muy simpática y agr playa del Rosario en Güines y fu( orna por Vicente García. Su resi( o de la Chuya, obedecería á la siti ue este se halla situado en medio y guanales solo accesibles por el t

idante Sr. Trillo, verificada la bus<

BU VIDA Y SUS HECHOS

bel, dirigióse con la policía á bus órdenes legua y media más lejos, donde se encuentra el Quiebrachal, punto en qne debía hallarse la esposa de Manuel García y tal vez el mismo Rey de los Campos, sospecha que hizo al Sr. Tri- llo, franqueada la puerta, abalanzarse sobre la cama en que dormía Rosario, que despertó sobresaltada.

Pocos instantes después, las dos mujeres, montadas delante de los celadores Castillo y González y seguidas del jefe, se dirigían á Melena, donde su entrada produjo gran animación en el público. Fueron depositadas en el cuartel de la Guardia Civil y tratadas con toda la conside- ración que demandaba su desgracia y á los pocos días oran confinadas á la Isla de Pinos.

Acerca de la arbitrariedad de esta medida mucho se dijo y se comentó aún cuando la prensa por no estorbar las gestiones del Gobierno guardó silencio pero hoy puede decirse, ya que los años han pasado, que el confinamien- to de Rosario Vázquez ó Isabel Torres, si fué dentro de la ley una arbitrariedad, á los efectos de la persecución fué un verdadero y lamentable error. A nadie puede ocultar- se que debidamente vigiladas las residencias de las dos mujeres, pudieran haber sido al norte más seguro para la captura de Manuel y Vicente García. Y que esto es lógi- co lo demuestra el hecho de que las autoridades han an- torizado y consentido más de una vez la existencia en el campo de ciertos individuos poco recomendables, les han favorecido, permitido el uso de armas y otros fueros, tan solo por colocar un espionaje perfecto al bandolerismo. Un episodio ocúrresenos referir ahora, cuya exactitud pu' diéramos garantizar fácilmente, como que trae el testimo' nio de una respetable casa situada en la zona en que e] bandolerismo actúa. Dícese que á raíz de crearse el Gabi- nete Particular, por el General Polavieja (que dicho sea entre paréntesis nunca tuvo gran fe en aquella institución)

HANDEL «ARCIA

j alcalde en comisión un cora ígente y cumplidor de sus de aandolerismo una persecuciói ecía de los necesarios eleme] rtos individuos qne conocían de Manuel Grarcia, los cualef medios de capturarlo gracias Entre estos individuos contá iTi mozo, de grandes patillas lercano al pueblo y que vivía jer blanca, muy instruida y í jposo.

loeió á dicho individuo el rr ir rodeado de todas las como )ores agrícolas más que cut público que vivía de su tral impo las yuntas, abría calmo; a los bueyes y tornaba á su el día como no fuera á dar i ) vida tan regalada, no carecí ;alas lenguas que esto obedec personas acomodadas y le 8

» llegó á ser el hombre de c las cuales euviaba sus confi utiremos y que él asegurabí captura del Rey de los Campt rrotero y el camino de ens n Un día el comandante alcal aviso diciendo que en tal si anstancias se encontraría á ante. Salió la fuerza en segí

1 y el Itey de los Cam

aquellos contornos. ¿Cómo '.

aquella misma hora Be encontraba cenando muy descansadamente en casa del eonfidon-

? No obstante esto que hubiera servido

hasta que punto se llevaba la buena fe por á dudar de todo, el mulato de referencia si- o flamante potro, calzando espuelas de gallo machete y cuchillo y llevando salvoconduc-

le un día ee enfrentó con él la guardia civil, templar aquel mozo armado hasta los dien- lecor á ningún instituto armado. Lejos de el confidente, temiendo pudiera confundirlo con un bandido (que no sería mucho con- jon arrogancia:

airan? También yo puedo matar y pren-

zación del

Jamos que alto cargo de la colonia citó. Con i para demostrar que ya que se utilizaron to- 8 para la persecución del bandolerismo, bien izarse las dos mujeres confinadas á Isla de Oria inoportunidad y pasando por encima de

-^i—

XVII

1 de varios secuaces de la partidí laoiones para bu salida de Cuba.- la & la Habaiia.~El "Baldomero Ig

iblada contra el bandolerismo '08 más salientes detalles he ] los anteriores capítulos, dio i partida del Key de los Campo d do la separación de sus máf aor que si no resnltó exacto e )lena confirmación con suees 1 segundo extremo. Efectiva] incuentroa de la banda de Mai úblieas, Montolongo, líivero j )n de la vida criminal que llí ■minadas personas de significí nducentes para abandonar la i lose entonces sin empacho, d ente el Gobernador General ir didos, los cuales deberían em pital, con destino á una de lat ambién, que á, los efectos de

su VIDA V SUS HECHOS 139

noB jefes de zona habían celebrado entrevistas con los ban- didos, versión que fuó negada rotundamente, como ora ló- gico esperar, en los contros oficiales á los que acudió la prensa de información en busca de datos, para negar ó en sus columnas rumores que circulaban con visos de cer- teza por toda la Habana, Güines y pueblos en que actúa el bandolerismo.

No obstante la solemne negativa del Gabinete Parti- cular, lo cierto es que un jefe caracterizado en la persecu- ción del bandolerismo y por cierto de los más arrojados y sagaces, confeso haber celebrado varias entrevistas con bandoleros, aún cuando agregó que lo había hecho sin au- torización superior, por su propia cuenta y con objeto de conocer personalmente á algunos bandidos que no conocía para orientar debidamente la persecución y obtener mejo- res resultados. Dichas entrevistas las explicó respecto de los bandoleros, con su propósito de ofrecerles el indul- to ó la salida para el extranjero. El jefe á quién venimos refiriéndonos, concluyó diciendo, que el Gobernador Gene- ral no estaba dispuesto á conceder ni el indulto ni la sali- da del país, á no ser dentro de las bases dol pregón piibli- cado por aquellos días, en el que se concedían dichas gra- cias el que entregara el resto de la partida.

"Si hubo ó no convenio (dice á este punto la obra Lq& bandidos de. Cuba ocupándose en tan importante fase del bandolerismo) no puede afirmarse; pero el caso es que desde entonces algunos de la partida so separaron de Ma- nuel García y se retiraron á las cercanías del pueblo de Nueva Paz, permaneciendo más de dos meses tranquilos y hemos de dar crédito á los rumores públicos, sirviendo á la causa de la extinción del bandolerismo en esta pro- vincia."

Asi las cosas, circuló por la Habana el 6 de Febrero de 1891, la noticia de que Montolongo, Rivero y Palen-

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lela habían llegado á la capital y Be preparaban á o ir para el extranjero. Se daban todas las señas ajeros, el número del tren en que llegaron, quier iompañaban desdo Güines, en que fonda se hospe ;c., etc. No cabía duda; las autoridades debían ten acimiento dol hecho ó de otro modo no podía expli 10 facinerosos con las cabezas pregonadas y el qu js condenado tres veces á muerte, se atrevieran á , ciudad sin tener un poderoso salvoconducto.

Por lo demás la duda no cabía tampoco, teniend ¡ntes antecedentes ya registrados en la historia de )lerismo cubano, entre ellos la salida de Manuel G erico Torres, Lengue Romero y otros para Cayo I m anuencia de las autoridades superiores, como j lostramos en los primeros capítulos de esta obra, a irnos en el regreso de Manuel García á Cuba.

Hemos de ceñirnos en la descripción de este i ,nto, tan importante como sar^riento episodio do ílerismo, al relato de los hechos publicados por L la, que quiso derramar la mayor suma de claridad a episodio verdaderamente repugnante, que mert ¡probación general y en el que iba envuelta la repu 3 un hombre honrado y caballeroso. Nos referiir r. D. Aniceto Elejalde que fiado en la promesa de ó do una autoridad, acompañó á los bandidos á li ina, tomó parte activa en bu embarque y ae vio de i I sorprendido con los horrores de una matanza en 1 lyó un inocente, cuyo único delito fué fiarse de j tis que no llevaban superior sanción.

El Sr, Elejaldo es un negociante de campo, que 3 merecida reputación en Güines y en la jurisdieci ra por la honradez y legalidad que preside en tod( )ntpatos y por su deseo de hacer el bien. Goza ente de confianza y aprecio entre los jefes de 2

3U VIDA Y 3U3 HECHOa 141

rzas de la Guardia Civil que saben distinguir perfecta- nte en los pueblos aquellos individuos que pueden ser mentó de tranquilidad y garantía de honradez.

El Sr. Elejalde, tres meses antea de los sucesos que QOs á narrar, hallábase do eaeeria en los montes de la ;a Carlota, cerca del Aguacate, cuando se vio rodeado varios bandoleros, entre ellos Domingo Montolongo á en conocía de antiguo, los cuales después de tranqnilí- le, le dijeron poco más ó menos, que hacía tiempo se ¡entraban en tratos de indulto con el teniente coronel

Tejada jefe de las Escuadras de Guantánamo, pero ) temerosos por su vida, deseaban que el Sr. Elejalde tér- ra en las negociaciones como una garantía de que estas ían de todo en todo legales.

El Sr. Elejalde argüyó que él no conocía al Sr. Teja- más que de nombre, pero que podía tratar del asunto i el Sr. Tort, jefe de la zona Norte y de la Comandancia la Guardia Civil, caballero de quien respondía con su pía persona.

Los bandoleros quedaron conforuies y entregaron al Elejalde una carta para el Sr. Tejada retirándose des- Js á la manigua. El Sr. Elejalde tuvo una entrevista 1 el Sr. Tort y este lo presentó entonces al Sr. Tejada rándose desde aquel punto adelante las negociaciones, iferenciaron al efecto con el Sr. Tejada, varias veces, bandidos Domingo Montolongo, Fernando Delgado, co- lido por Nango y Eulogio Rivero, negándose á entrar todo trato el bandido Plasencia, que parecía presentir sangriento desenlace. La condición puesta por los bañ- eros fué que habían de embarcarse con los señores Te-